El palacio de la memoria y la metafísica de la presencia

I
Por más que me buscan y me busco,
no me atrapan ni me atrapo...
porque yo no soy más que un collage,
una miríada de reflejos
que me camuflan y te espejan:
no hay nada tras esta fachada.

Ya lo decía Hume,
lo que llamamos «Hume»,
y también «somateca»,
y «sujeto-efecto»...

«Soy» sus ecos, tus ecos, mis ecos...
porque hasta de mí soy parodia:
fui payaso buscando ser cómico:
cercando el nombre verdadero
que sostenga mi vida, Terramar,
me conduje a la etiqueta
y no derribé la escalera
tras mucho subirla circo fuera.

Estoy en el reverso
de esos mis contextos;
en la piel que camela,
camaleón, cambiando.
Una red resonante,
ondas interferentes:
somos, mas sin ser ser;
breves deltas de Dirac
de ese mar fluctuante,
si acaso, si quieres,
si calma tu nausea
de ansiarte diferente.

Somos el centro en todas partes
de una esfera infinita;
el Dios-Natura de Spinoza
sin visibles puntadas aisladas.
¡Ay! Y así, como de repente,
obra la palabra su milagro:
tan solo un instante,
de verme alien antes
a sentirte tan cerca
que podría comerte
de toda tu oreja
su escucha atenta.

II
Como Sócrates en El banquete,
me aparto inmóvil a veces:
me escapas, mirada, al archivo;
te aferras, homúnculo, a él,
índice sin fin de referencias,
cruzando pasados y presentes.

Así el océano navego,
sin ningún sentido de agencia,
ni brújula, ni mapa, ni plan;
movimiento browniano al azar,
reaccionando a mi entorno
como duna en metamorfosis.

Mi mente, mercado de recuerdos:
mis eternas ideas,
miel imperecedera;
el trajín de mis gentes,
el ciclo de la lonja.
Ayer, fresca dorada,
rebañé tus espinas,
y hoy reluce oro
en cada tres esquinas.

Un simple mes que no te comía
y ya olvidaba tu latido
en mi día a día...
¿se recuerda la cena
del viajante marino?
Fondea y amárrate,
y podré proyectarte
y en verso amarte.
De mientras, a pasear
entre pasas y pasas
(o cual fruta enfrente)
que inspiren mi paso
por este mi palacio.

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