Sobre el arte de atemorizar (HR del miedo)
Cuando lees un relato de terror (o mejor dicho, que lo produce) , tus sentidos permanecen intactos, inalcanzables para el desgraciado descriptor 1 que se aveza a creer (porque otra opción no tiene), como y desde Virgilio, que “la mente mueve la materia” y, tocada esta, la psique se encargara por si sola de turbar al soma...pero que en el fondo sabe que él solo puede alcanzar parte de la conciencia que habrá, con suerte, de perderse entre los afilados alfileres de la perturbación más macabra. Por tanto, si mientras te recreas en esa lectura te encuentras en una terraza luminosa, a pleno día, frente un jardín colorido, embriagado por el olor de las flores pletoricamente abiertas ante y para ti, mientras se resbala por entre tus labios hasta morir bajo su comisura derecha los efluvios de un pequeño afluente de un lago cuyo nacimiento se debe al olor a salsa barbacoa que vuela en el ambiente (o sea cual fuere la más apetitosa fragancia que a tu gula invite), acompañado de person...