Panta rei: una reseña de "De(s) Amor, Coraje y Cáncer" de Encar González Gall
«El mar», cronológicamente el primer poema de la autora, ya tematiza con gran soltura y belleza uno de los tópicos literarios centrales de su obra: el desarraigo. Y lo hace en un original estilo dialógico de tesis-antítesis-síntesis que concluye con un giro inesperado y precioso (giros que son también marca de la casa) en el que la imparcialidad de la síntesis («no he perdido ni he ganado») no reduce la convicción por la tesis («¡No brote un ancla en mi pie! / ¡No halle mi cuerpo enterrado!»); cierre que me recuerda al «si mi voz muriera en tierra» de Alberti.
Un desarraigo intrínsecamente ligado a una vitalidad siempre en movimiento, avanzando hacia el futuro, como se expresa con igual hermosura en «Lo que no fue» o «Veleta»: «Giro y giro, dando vueltas sin sentido / porque vivo en mal de amores sostenido [...] no hallo llano en que anidar. / Pues a veces me parece que, si paro, / mi cuerpo se desvanece con la brisa». Porque, como se dice en otra parte, «el movimiento me sostiene».
Un no parar que a menudo entraña un canto de esperanza individual y una transformación en marcha, como se refleja con brillantez en «Paseo» o «Vello invierno» (y más alegóricamente, me atrevo a decir, en «Llueve») o en imágenes poéticas tan evocadoras como los ideales como manantiales en «Lodo» o el verse a sí misma devolviéndose la mirada tras haber cruzado el «Puente colgante» zozobrante y atosigante que tiene enfrente (escena que me recuerda a la premisa de la película «Las posibles vidas de Mr. Nobody»).
Ímpetu que a veces se ve frenado y/u opacado por la soledad, como se explora con maestría en «Nublado» (que me recuerda a la mística española) y «Ausencia y duelo». No en balde, otro de los ejes vertebrales de la obra de Encar es la interrelacionalidad del mundo, la vida humana como estructuralmente relacional (lo que Gayatri Spivak llama el «subject-effect», enmarcable en la tradición foucaultiana y spinoziana), expresada con gran fuerza en versos como «pero tú no eres de nadie, y nadie es libre [...] ni los hijos que no parí son míos» (verso que funciona tanto si se interpreta como consecuencia de no fecundar o como consecuencia de abortar, y entendiendo «hijos» tanto en sentido literal como en figurado), «estos poemas son tuyos, / casi más tuyos que míos», «juntas serían la propia historia, / contradictoria, jamás contada», «sé que quien de amores carece / languidece en su empeño / de no padecer daño...» o en poemas como «Las plantas» (víctimas y metáfora de una ruptura).
Así pues, no es de extrañar que estos dos motivos recurrentes (el desarraigo y la interrelacionalidad) a menudo se encuentren para expresar una de las tensiones o conflictos clave de la paleta de Encar (quizá enmarcable en «Echar raíces» de Simone Weil), resuelta a veces con un característico humor y entrañable encanto: «yo te quiero, sincero; / lo sabe mi lapicero / y el cuaderno donde te guardo, / a sabiendas de que no te tengo», «ojalá pudiera abrazarte / tan fuerte que te doliera» (que me recuerda a la exploración de lo «cute» de Sianne Ngai), «que por derecho nos asiste / una Constitución —de ternura—» (lo que implicaría obligación de proveerla, en la línea de Weil), «no más te distrajo / el graznar de un grajo» o el poema «Que me quieras tú» (de una sonoridad muy juguetona).
Ese sentido del humor, y a veces picardía, que impregnan la obra de Encar son de hecho otra de sus señas de identidad, como ilustra, divertida, en «De todo, nada», «Inventario» o «La casa», y mordaz a la Quevedo en «Miopía y astigmatismo». En los finales de «Torbellino» o «Lazarillo» encontramos también ese difícil equilibrio entre el alivio cómico y la intensidad dramática que recuerda a poemas como «Callejón sin salida» de Gaite.
Como se entrevé por mis ejemplos, la naturaleza es otro de los elementos marcadamente presentes en la obra, quizá debido a la íntima relación de Encar con el espacio y el tiempo inmanentes, apreciable en poemas como «Las cosas encuentran su sitio», «Mosaico» o el inicio de «Mujer flor». Porque el susodicho ímpetu hacia adelante no lo es hacia un objetivo predeterminado (víctima de la ley de Goodhart, los incentivos perversos, la crononormatividad, etc.), sino que el destino, como se describe en otro de sus poemas, es un cruce de caminos: la contingencia radical del mundo interpela a nuestro sentido de agencia para que sigamos andando, parafraseándola, no por un nuevo camino sino con un nuevo caminar.
Tus reseñas son un regalo impagable. No puedo más que sonreir y agradecerte tanto mimo. Nos vemos en el próximo 😊
ResponderEliminarEl agradecimiento es mutuo, nos vemos en el próximo 😊
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