Primero de Mayo CNT Ciudad Real 2025 - Plaza del Pilar, Mitin 1
Cubrimiento en los medios locales: miciudadreal, lanzadigital, cnt
Grabación de las intervenciones finales:
Tras la experiencia, modifico ligeramente el texto para intentar mejorar su claridad:
«Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época», decía Marx hace casi 200 años. Adoctríname en la lógica capitalista y sedúceme con su fantasía de poder individual y jerárquico, y me haré criptobro, conducido cual burro tras zanahoria a un fatídico precipicio personal y colectivo. Críame sin adoctrinamiento en una sociedad gobernada por el capital, y aún así seguiré pensando solo en el dinero, llegando a pedir millones de euros a los reyes magos; no por querer una vida ociosa, sino para evitar el llanto de mi madre al no tener con qué pagar el calentador roto. Querría ese dinero, digo, porque aún no sería capaz de imaginar un mundo no atomizado de solidaridad y apoyo mutuo en el que prevaleciera el interés común y donde el dólar no fuera el lenguaje dominante sino una lengua muerta.
Y este no es un caso aislado. Hace unos años un familiar me dijo, con la más humanitaria de las voluntades, que quería hacerse rico para fundar un orfanato, sin ver que esa riqueza le haría cómplice del pacto entre Muerte y Capital que a tantas criaturas deja huérfanas: más de dos muertes diarias en accidentes laborales prevenibles sólo en España, sin contar con la merma de salud y bienestar familiar que provoca la explotación laboral, sin contar con la devastación de las Guerras que el Capital promueve; muertes que no son muertes, sino asesinatos.
Una última muestra: mi padre solía jugar a la lotería porque detestaba su empleo chupasangre y no porque quisiera dejar de trabajar, soñando en su lugar sencillamente con dedicarse a ser «el manitas del barrio» en su tiempo libre. Porque el problema nunca ha sido ni será que no queramos trabajar, sino este sistema de trabajo enfermo al que nos acorralan, al que nos fuerzan con la excusa de las «circunstancias». Pararos a pensar: ¿cuantos ejemplos así conocéis en vuestro entorno, cuantas vocaciones ha cercenado ya este alienante sistema?
Explicadme entonces el misterio: ¿si la fuerza de trabajo es nuestra, por qué les seguimos rindiendo pleitesía? Como clamaban en Askatasuna hace unos 50 años: «La gente no se da cuenta del poder que tiene: / con una huelga general de una semana / bastaría para hundir la economía, / paralizar el Estado y demostrar que / las leyes que imponen no son necesarias.» Porque como nos muestra la politóloga Chenoweth, todas las campañas de resistencia civil que llegaron a una participación activa de al menos un 3.5% de la población tuvieron éxito. Porque la acción sindical funciona, y de ahí que Amazon se gastase 14 millones de dólares en 2022 para impedir la creación de sindicatos en sus depósitos. Porque, recordando a Fredric Jameson, solo nos falta soñar: «nos parece más fácil imaginar el completo deterioro del planeta que el colapso del capitalismo tardío».
Por ello, hoy proclamamos desde CNT: «Que trabajen ellos, en esas condiciones deplorables que nos imponen! Por un empleo que no nos robe el aliento, imagina otra vida!». Una en la que no hubiese vivido durante 7 años en un estudio de 18 metros cuadrados por 570€ al mes en Madrid. Una en la que no hubiese hecho falta abandonar mi Barcelona natal para mejorar mis condiciones laborales, como ya hiciese de joven mi madre al emigrar de Ourense, perdiendo por el camino casi toda su red social de apoyo, y como mismamente hicieron sus adres al mudarse por 5 años a Venezuela. Una vida en la que las nuevas generaciones, preparadas de sobras, puedan despertarse con ilusión por construir un mundo mejor en vez de con preocupación por si podrán emanciparse; porque, como titulan en El Salto, «Usted lo que necesita no es un psicólogo sino un sindicato». Un sindicato desde el que abolir la fantasía cis-alo-hetero-patriarcal y occidental de la familia nuclear tradicional, capitalizada por las tradwives, y abrirse a la anarquía relacional, a toda la diversidad de experiencias y formas de vinculación humana.
Despertemos al fin de este mal llamado «sueño norteamericano», de esas aspiraciones de pesadilla que nos asfixian desde el interior, e imaginemos y construyamos una vida que merezca ser vivida y celebrada. Desenmascaremos a la escuela y a los medios que maquillan como bondades los incentivos perversos de este sistema, sus desahucios y recortes sociales, y eduquemos en su lugar en la coherencia de fines y medios. No sigamos esperando a que nos salve una clase política que nunca llega y tomemos ya las riendas de nuestro destino: solo desde la acción directa y autogestionada de las bases puede florecer y enraizarse una alternativa real: por más movimientos del 15M que haya, mientras permitamos que el interesado matrimonio del Estado y el Capital absorban nuestro enfado y malestar en su seno, mientras sigamos jugando a su juego, seguiremos desinflandonos y perdiendo un valioso tiempo que no tenemos, porque este planeta ya no nos aguanta.
Por eso estamos hoy aquí, con nuestra familia elegida, acompañándonos, acuerpandonos y alzándonos en grupo, asociándonos y creando un tejido social alternativo, haciendo contrapoder y contracultura, «de cada cual según sus capacidades». Porque, como dice una compa, el activismo es como una expedición de alta montaña: es un trabajo en equipo que requiere de preparación y planificación, y en el que los imprevistos meteorológicos pueden hacer que no lleguemos siempre a alcanzar la cima, pero en el que lo importante no es esa meta, sino haber decidido una vez más salir coordinadamente a darlo todo.
Y no solo hoy, y no solo aquí. Estamos en los piquetes a pie de calle denunciando las malas prácticas laborales del presidente provincial de hostelería Juan Daniel Rubia Rodríguez, y en las manifestaciones de Xixón por Las 6 de la Suiza denunciando el caciquismo de la familia Álvarez Meana y su acoso patriarcal y antisindical, y en la huelga por Palestina denunciando el genocidio del que es cómplice Occidente. Y estamos también en nuestros espacios asesorándonos y formándonos en cómo defendernos en el curro, y reviviendo la utopía de las colectivizaciones de 1936 que queremos traer al presente, y llevando la democracia a la empresa con nuestras secciones sindicales, y combatiendo los comentarios y comportamientos discriminatorios y hostiles en el espacio público, y desmintiendo bulos en las comidas familiares, porque lo personal también es político. Porque afiliarse a CNT es un un compromiso con la verdad y la justicia, y porque los espacios que no ocupamos son espacios que nos ocupan. Porque los silencios e inacciones también son cómplices de la ideología dominante. Porque no podemos volver a caer en la ceguera de Niemöller, quien recordaba que: «Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, a los sindicalistas, a los judíos, no protesté, ya que no lo era. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudo protestar».
Por todo ello, concluyo, hoy y siempre, «Union, acción, / autogestión»
BORRADOR
Disclaimer: el texto anterior se basó en un borrador previo bastante más inconexo y confuso (y con algunas referencias extras que lamento haber perdido), y era mucho más personal e individualista (con una sección de "yo-yo-yo" bastante cringe, aunque estuviera escrita con la buena intención de inspirar en calidad de historia de superación personal), lo que no era muy coherente con el énfasis en lo colectivo del mitin. Pero como este es mi blog personal, y por archivismo, lo incluyo a continuación:«Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época», decía Marx hace casi 200 años. Esto explica, por ejemplo, que en mi carta a los reyes magos de cuando tenía 11 años pidiese dinero infinito. Y no por la fantasía de poder individual con la que se nos trata de seducir desde la mentalidad capitalista, y en la que caen los criptobros; fantasía que nos conduce cual burro tras zanahoria a un fatídico precipicio personal y colectivo, como se ilustra en la caricatura antibélica «Europa 1916» de dicho año. No, no quería ese dinero por hedonismo o por comprarme videojuegos, sino por la paz mental de la solvencia económica, pues me crié en una familia en la que se lloraba porque se había roto el calentador del agua y no había con qué pagarlo. Quería ese dinero, digo, porque aún no era capaz de imaginar un mundo no atomizado de solidaridad y apoyo mutuo en el que prevaleciera el interés común, y dónde el dólar no fuera el lenguaje dominante sino una lengua muerta.
Y este no es un caso aislado. Una vez me dijo un familiar de veinti-pocos que quería hacerse rico para, con la más humanitaria de las voluntades, fundar un orfanato, sin darse cuenta de que, por la propia estructura de este sistema socio-económico, los millonarios lo son a costa del sufrimiento ajeno. Mi padre, por su parte, solía jugar a la lotería porque detestaba su empleo, un empleo que le destrozó el cuerpo; y jugaba, no buscando una vida ociosa, pues no se concebía inactivo, sino una vida sosegada pero dedicada al voluntariado como «el manitas del vecindario». Porque el problema nunca ha sido ni será que no queramos trabajar, sino este sistema de trabajo explotado al que nos acorralan, al que nos fuerzan con sus «circunstancias». Pararos a pensar: ¿cuantos ejemplos así conocéis en vuestro entorno, cuantas vocaciones ha cercenado ya este alienante sistema? Explicadme entonces el misterio: ¿si la fuerza de trabajo es nuestra, por qué les seguimos rindiendo pleitesía? Como afirmaba Fredric Jameson hace unos 30 años, «nos parece más fácil imaginar el completo deterioro del planeta que el colapso del capitalismo tardío».
Por ello, hoy proclamamos desde CNT: «Que trabajen ellos, en esas condiciones deplorables que nos imponen! Por un empleo que no nos robe el aliento, imagina otra vida!». Una en la que no hubiese pagado 570€ por un estudio de 18 metros cuadrados en Madrid, dónde viví 7 años. Una en la que no hubiese echo falta mudarme a Madrid, abandonando mi Barcelona natal, para mejorar mis condiciones laborales, como ya hiciese de joven mi madre al migrar de una aldea de Ourense a la ciudad de Barcelona, perdiendo por el camino casi toda su red social de apoyo, y como mismamente hicieron sus adres al mudarse por 5 años a Venezuela. Una vida en la que mi hermana de casi 26 años pudiese emanciparse con un trabajo a la altura de su capacidad y vivacidad, muy por encima de las mías, y no sufriese de ansiedad ante el pésimo prospecto que le ofrece este sistema productivo y reproductivo, este capitalismo imperialista-blanco-neocolonial, capacitista, alístico y cis-alo-hetero-patriarcal que solo contempla un modelo relacional irreal e incosteable que encumbra a la familia nuclear tradicional abanderada por las tradwives. Imaginemos, en fin, una vida que merezca ser vivida y celebrada.
Yo no fue hasta bachiller que empecé a imaginar esa otra vida, cuando me enseñaron por primera vez a Marx y me desligué de ese tal «el sueño norteamericano», de esa aspiración de pesadilla que nos asfixia desde el interior. Era mediados de 2009, cuando la crisis inmobiliaria, cuando se dispararon los desahucios y los recortes sociales, que han seguido creciendo sin descanso. Ignorante de la historia, creí que habría un despertar en las próximas elecciones, creí sinceramente que partidos como Escaños en Blanco destruirían desde dentro este sistema parlamentario que no nos representa; o que lo harían los partidos de democracia directa, como Piratas por Cataluña. Y cuando no ocurrió, la apatía política me abatió por más de una década. Porque aún no entendía entonces la importancia de la coherencia entre fines y medios: solo desde la acción directa y autogestionada de las bases puede florecer y enraizarse una alternativa; por más movimientos del 15M que haya, mientras permitamos que el interesado matrimonio del Estado y el Capital absorban nuestro enfado y malestar en su seno, mientras sigamos jugando a su juego, seguiremos desinflandonos y perdiendo un valioso tiempo que no tenemos, porque este planeta ya no nos aguanta.
No hace ni dos años, justo antes de mudarme a Puertollano, estaba, inmerso en dicha apatía, llorando solo en mi cama pensando en suicidarme, como tantas otras veces, como me imagino a Mark Fisher escribiendo su hauntología; la población neurodivergente es casi 10 veces más propensa a suicidarse, siendo anulada y discapacitada para la vida y dinámicas normativas a la que le obliga la rigidez de este sistema socio-económico. Por eso ahora estoy aquí, despertando de mi anestesia, en vuestra compañía, con mi familia elegida, con la CNT, creando un tejido social alternativo. Y no solo hoy, y no solo aquí. Estoy también como tesorero en el sindicato, y en las asesorías laborales, y en los piquetes, y grabando vídeos de divulgación sobre legislación y activismo, y en las formaciones de aquí y de Madrid, y en las actividades culturales que reviven la utopía de las colectivizaciones de 1936 que queremos traer al presente, y en la huelga y concentración por Palestina en la que también os hablaba desde un micro, y en la mani del 15 de junio en Xixón por Las 6 de la Suiza, y como delegado sindical de mi empresa.
Y no digo todo esto por echarme flores, porque nunca podré estar a la altura de la CNT del 36 ni de ninguna otra generación, y porque en todos esos espacios estoy en colectivo, sino para demostrar con mi ejemplo que siempre se puede salir del pozo, que siempre se está a tiempo de darle un vuelco a la vida y dar un paso al frente y asociarse y hacer contrapoder y contracultura, «de cada cual según sus capacidades»; porque, como titulan en El Salto, «Usted lo que necesita no es un psicólogo sino un sindicato»; porque, como dice una compa, el activismo es como una expedición de alta montaña: es un trabajo en equipo que requiere de preparación y planificación, y en el que no siempre se alcanza la cima debido a los imprevistos meteorológicos, pero en el que lo importante no es la meta, sino haber decidido una vez más salir coordinadamente a darlo todo.
Insisto, si yo he podido, tú puedes, aunque sea con la menor de las acciones, aunque sea simplemente desmintiendo los bulos de tu cuñado en las comidas familiares, o combatiendo los comentarios y comportamientos discriminatorios y hostiles en la peluquería, piscina, bar y cualquier otro tercer espacio que habites, o organizándote en el curro: afiliarse al sindicato mientras dure tu vida laboral debería ser algo tan natural como contratar un seguro de coche por Responsabilidad Civil Obligatoria, con independencia de ideología; y si ya lo has hecho, recomendárselo a tu entorno más cercano. Si tenemos claro que el capitalismo es uno de los problemas centrales de esta sociedad y que queremos tomar las riendas de nuestro destino llevando una democracia real a la empresa, donde pasamos la mitad de nuestra vida despierta, la acción sindical y la creación de secciones sindicales es imprescindible. Porque los espacios que no ocupamos son espacios que nos ocupan. Porque los silencios e inacciones también son cómplices de la ideología dominante.
Repito, si yo he podido, tú puedes. Porque yo nunca antes había militado, nunca antes había hecho activismo, nunca antes había hecho mitins ni colgado carteles ni apenas ido a manifestaciones o salido de mi reducido círculo social ni organizado a gente; ni siquiera sabía apenas qué era un sindicato. Porque yo siempre he vivido aislado y escondido del mundo, de ese mundo atroz que nos prescriben, encerrado en mi torre de marfil, incapaz de imaginar realizable otra vida respirable. Porque yo había utilizado la filosofía como escapismo, igual que otras tantas personas usan el deporte o las artes o el entretenimiento para ello; la había usado como una herramienta de interpretación y duelo y no de transformación y esperanza. Pero como dice Mary Midgley, la filosofía puede ser también un fontanería.
Y quien crea que de esta se puede sobrevivir con un «sálvese quien pueda», que recuerde las palabras Niemöller: «Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, a los sindicalistas, a los judíos, no protesté, ya que no lo era. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudo protestar».
Y quien tenga dudas de la efectividad del sindicalismo, que se pregunte entonces por qué en 2022 Amazon gastó 14 millones de dólares para impedir la creación de sindicatos en sus depósitos. Que vea el estudio de 2011 de la politóloga Chenoweth, en el que se observa que todas las campañas de resistencia civil que llegaron a una participación activa de al menos un 3.5% de la población tuvieron éxito, y muchas de ellas con un porcentaje menor. Porque, recordando a Joan Bross en la revista Askatasuna de 1970: «La gente no se da cuenta del poder que tiene: / con una huelga general de una semana / bastaría para hundir la economía, / paralizar el Estado y demostrar que / las leyes que imponen no son necesarias.»
Por todo ello, concluyo, hoy y siempre, «Union, acción, / autogestión»
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