La belleza durmiente

 Quiero contarme una historia tan antigua como la vida misma, o mejor dicho, como la reproducción sexual de la vida animal misma: una pareja desea formar una nueva familia. La pareja reproductora de una manada de canis lupus perpetua su estirpe con una crianza comunada mientras que la unión puntual de una pareja de felis catus deja paso a una crianza monomarental, por citar dos ejemplos de un amplio espectro, pero en última instancia siempre hay un mismo conato, un mismo impulso, que desafía cualquier adversidad que se interponga, y que en dicha fricción se pule; la esencia de la vida no es ni más ni menos que esto, si la reducimos a la ecuación de Price, a la genética de poblaciones y la selección por parentesco, al timón dictado por la evolución centrada en el gen, del que la especie es solo una carcasa; una esencia siempre contingente, siempre adaptándose al mar cambiante del medio que navega.

Y sin embargo, no la podemos reducir a ello. Más es diferente, alega el reduccionismo emergentista de Philip W. Anderson o, para el caso, la teoría de la selección multinivel de David Sloan Wilson. ¿Cómo explicar si no las crianzas «ferales», interespecie? En algún momento del camino, los mecanismos cada vez más complejos derivados de la evolución centrada en el gen acaban trascendiendo su objetivo primero de expandirse en tanto que gen, y empiezan a cobrar sus carcasas cierta autonomía propia y a replicarse también por otros medios, como la transmisión cultural; ¡cuán excepcional y similar a la vez, cada ecotipo de orca! Y aún así... ¿hablamos en realidad de un conato tan distinto? ¿No se trata por igual de la continua regeneración de la subjetividad propia, de su inmortalización, encapsulada de una u otra forma? Variaran las explicaciones y los modos, no las conclusiones y los hechos: los planetas seguirán girando entorno al sol, apelemos a los epiciclos de Copernico o a la relatividad general de Einstein; tanto da el proceso de subjetivización, de constitución de sujetos, Foucault... tanto da el reparto de responsabilidad en las tecnologías sociales de la identidad, Moeller... No lo apruebo ni lo condeno, no lo juzgo ni lo sopeso, solo lo observo, solo subrayo los muchos esfuerzos abocados a este fin.
No es de extrañar, pues, la opresiva sobreprotección y microgestión de la familia sobre sí misma, sobre lo que considera «sí misma», sea de la clase que sea; sea gracias a una Querida Desconocida, Júlia Bertran, o sea adoptada, Chandra Clemente, o sea elegida, Melinda Cooper, o sea... o sea lo que sea, porque lo cierto es que ignoro mi origen. No es de extrañar, vengo a asumir, desvivirse por la nueva vida que la propia configura en su sacrificio, aunque en ello se pueda llegar a caer en una falacia de coste hundido. No es de extrañar, me racionalizo en silencio entre los libros que me despiertan de mi largo letargo, que la familia me abrace con tanto amor y cuidados que, ironías, y como dicen del budismo, me termine matando en vida. No es de extrañar, sostengo, que, por temor a los peligros que acechan allá afuera, me hagan hibernar en esta torre hasta la llegada de quien pueda garantizar mi seguridad y perpetuación —hasta quien, en infinita candidez, garantice la consistencia de una aritmética con suficiente expresividad, ¿verdad, Gödel?—: de la familia política a la que pertenezco... depende todo un pequeño mundo. Sin duda, como chismorrean en las mazmorras del castillo en el que me encuentro, dónde gustan de Ann Cahill y las teorías de la cognición corporizada, el cuerpo-yo (body-self) que tanto se resistió en constituirse en mi persona —o que confían haber constituido en ella, como si, creyéndose por encima de las Leyes del Deus sive Natura, esperasen haberlo arrancado de las garras de ese hipotético y platónico mundo de las ideas para conformarlo e insuflarlo en mi materialidad— debe ser un verdadero travieso (brat), si a tal ente tan alto precio se le rinde como para que pueda seguir con esta carrera de relevos que llaman «ciclo de la vida». ¿Cómo, ponderando todo esto, repito, culparles?
Mas, habiendo yo recibido el hermoso beso de la palabra a través de esta borgiana biblioteca de Babel, madre que me has criado, me pregunto para mis adentros: ¿a quien debo sinceramente pleitesía?, ¿con que tradición me he de comprometer, el día en que un segundo beso, con pretensiones monógamas, pique a mi puerta? ¿Habré de renunciarme, o revelarme y rebelarme? ¿Podría quizá lograrse una síntesis, una reconciliación de opuestos, una negación determinada, una sublación, una contradicción paraconsistente, un imposible..., y cumplir mi rol para con mi familia y mi pueblo de cara a la galería, a través de presencias ausentes, sombras personales, perfiles virtuales (a la Peirce)? Ah, bello sueño, propio de quien duerme, y en una presunta pasividad se envuelve. Sí, presunta, pues, ¿acaso se afirmaría que el sol, entorno al cual gira su comunidad, es un sujeto paciente y no agente, Derrida? No es esta belleza durmiente un ideal a cuyos caprichos hasta los baobabs hacen reverencia, hacha familiar mediante. Una criatura eremita nacida a los margenes de la sociedad, en los límites del espectro social, pero incapaz de —o incapacitada para— desprenderse del todo de esa atadura, ya que, me temo, la única manera de vivir —de existir— fuera de la sociedad sería —hubiera sido— o bien no naciendo, o bien naciendo ex nihilo.
PS. Disparador: Noralities Sleeping Beauty Deserves a Better Ending 2025 (yt).
He comentado en el pasado que querría transcender las limitaciones de la cognición corporizada-social, humana o artificial, y devenir puro buffer de información inmaterial, pura entropía —dolorosa querencia, para quien se inclina hacia los materialismos filosóficos—. También, que simpatizo con el antinatalismo. Pero creo que nunca antes como hasta ahora me he sentido tan autoconsciente de la fuente y extensión de ese deseo, de ese anhelo por la solitud y por una suerte de extinción, de inalcanzable inexistencia genuina y casi matemática. Quizá por ello sólo «la petite mort» de la escritura me consuele y vuelva cíclicamente a ella para sublimarme en su experiencia mística, con o sin testimonios.
«Hay furia contra el lenguaje y gritos de amor para el lenguaje en quienes escriben. Me preguntas porque uso el lenguaje. ¿Por qué una escultora trabaja la arcilla y el mármol? Porque ama esos materiales.
Sin embargo, los colores, piedras, arcilla y sonido son materias primas privilegiadas, en el sentido que no son, antes de ser trabajadas, portadoras de un sistema de significación y de sentidos, como ocurre con el lenguaje. Es preciso hacer sobre el lenguaje una operación de reducción que lo devuelva al grado cero, que lo despoje de su sentido convencional con el fin de transformarlo en materia neutra, prima.
Me parece que esta operación sumamente concreta se toca con, o es contigua con otra, que generalmente se considera en términos filosóficos, y que se llama universalizar: la operación de desplazamiento de lo singular a lo universal.»
Nathalie Sarraute

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