Destinos encadenados (participación relato48)
I
A través de las rendijas de la cabaña comencé a captarlo: un mero rumor, al principio; lo suficiente como para despertar de mi hechizo y recordar que día era. Llevaban anunciándolo dos semanas en los telediarios, este gran e incipiente festival de verano; tan salvaje se preveía. Eventos recurrentes así sólo podían acontecer en un lugar tan apartado de la civilización como lo estaba mi taller-retiro, pues la fuerza hostil de los mismos barrería por necesidad cualquier intento masivo de colonización. Si bien, cabría aclarar, «salvaje» y «civil» connotan para mí lo opuesto de lo habitual, cual cuerpos intercambiados; de lo contrario, no residiría aquí.
Redirigí de nuevo mi concentración hacia la recién tallada estantería, estilizada cual hoja de roble, buscando alguna imperfección que pulir mientras golpeteaba inconsciente con mis yemas la mesa de trabajo de manera repetitiva, rítmica y animada; el sonido y tacto de la madera me ayudaban a centrarme, en calidad de comportamiento autoestimulatorio. Al fin, sonreí con satisfacción y me dije: «qué oportuno, que comience el espectáculo justo cuando yo termino; buen momento para dar por cerrada la jornada, supongo». Me acerqué a la ventana y me corregí acariciándola: «aunque en verdad, me absorbéis tanto que por seguro ya hace rato que ha empezado y yo ni lo había notado».
A la espera de que se caldeara el ambiente, fui entonces a la cocina a prepararme una infusión y me descalcé. Aprendí, hace tiempo y por las malas, a no laborar sin ropa y a no dormir al raso, a pesar de lo cual seguía queriendo sentirme lo más cerca posible de la naturaleza. La clientela, con otra orientación hacia esta, miraba con recelo mi actitud e incluso la proyectaba con malicia sobre mis habilidades, como si la porosidad de mi hogar no fuera intencional, sino un defecto, y mi historia una excusa para cubrir mis carencias. A veces, sobre todo de joven, contraargumentaba que también nuestras células son así, y que de otro modo no podrían nutrirse por ósmosis. Hoy, tras tantos intentos fallidos apelando a su empatía con meras razones, entiendo que el grueso de la población requiere de la experiencia propia a flor de piel para ser capaz de integrar en su ser esa conexión con su madre primigenia.
La llegada de la percusionista, quintaesencia del musical por ocurrir, me devolvió de mi cerebro a mi oído, y de este brinqué a mis ojos, y luego a mi corazón: era tan hermosa... Plural, pero también una y la misma; rápida en su golpe de baqueta, pero también lenta y sinuosa en su deslizamiento de escobilla. Para cuando me quise dar cuenta, ya me había humedecido.
Aprovechando que aún andaban en los afinamientos, suaves y discretos, me quité el abultado mono y me afinqué en la terraza para saludarles, extendiendo mis extremidades para que me abrazaran mientras mis pies se hundían en la hierba esponjosa: «¡Oh, lluvia, por ti todos los pecados! ¡Oh, viento, por ti todas las hazañas redentoras y gloriosas!» Y con el peso de su bella interpretación, me adentré más en el suelo acuclillándome y sumergí mis manos en el barro cediendo mis párpados al trance, sólo roto con el repentino sonido de un trueno aún lejano, estrella de este concierto-huracán, con el que me descomprimí del susto en puro automatismo como un muelle en una suerte de sentadilla explosiva, iniciando así mi baile de bienvenida, un simple juego de piernas y taconazos y saltos y vueltas y reverencias y retorcimientos... trivial en comparación con la majestuosa danza arbórea en la que mis vecinos se estiran, tiran y encogen, se alargan y se recogen, que decía aquella lírica adolescente. Y mientras en ello estaba, y el calor en mí surgía, me fui desprendiendo no sólo de cualquier noción del tiempo transcurrido, sino de las prendas que aún me ataban a mi condición social.
Como aguardabas, tu subrepticia maniobra te funcionó, como siempre lo hacía, y el terreno devino eventualmente tan lodoso que mis equilibrismos no me pudieron salvar de besarte, ¡oh mi Gea!, y orándote en sumisión eterna me despedí de tu directo contacto y regresé al refugio al que mis limitaciones humanas me obligaban; asimismo los pájaros y el venado huían a buen recaudo, a la vez que cantaban los coros, y también mi casa resonaba con sus crujidos y traqueteo, silbando por entre sus intersticios.
Ya bajo techo, lavé mi enfangada figura para poder continuar la fiesta sin resbalarme, y disfruté de una segunda infusión mientras me secaba contemplando como lo sublime se iba apoderando en indiscutible monopolio del escenario. Tal era el sobrecogimiento, que sólo desde la humildad pude haber tomado mi guitarra acústica, mero acompañamiento al viento, percusión y electrónica climática, a las voces animales y los efectos de sonido de mi morada; instrumento que a su vez servía de única vestimenta y protección de mi frágil mortal complexión ante la tempestad que estaba cayendo.
Más tarde, cuando el reposo ya me hubo aliviado, el zapateo arrancó y ganó tracción sobre mis dedos: encendiendo el estéreo, reinicié mis ritualísticos movimientos, planchando mi desnuda anatomía contra la pared como si se tratase de un baile de regazo, percibiendo la violencia al otro lado atravesando como puñales aquella membrana hasta llegar a las profundidades de mi alma.
II
Amainado el temporal una semana después, me cargué con mis herramientas forestales para mi habitual expedición post hoc. Mi sacro amor por este bosque me impedía talarlo, por lo que dependía por completo de sus regalos para mis artesanías, como troncos derrumbados por la erosión del agua, la embestida del vendaval y el hachazo del rayo. Irónico, dada mi vocación, pero cierto.
Así fue que me crucé con la fija mirada de una cierva, observándome desde la altura de una ladera. Consumido un indefinido periodo, como dando por concluido su examen y aprobándome, se giró despacio sin perderme de vista y hizo ademán de adentrarse en la frondosidad comprobando si reaccionaba en consecuencia. Mi pasión por las tormentas me había llevado a googlear hace años «storm philosopher», descubriendo de rebote al filósofo Storm y su propuesta de la «hylosemiotics», de una semiótica material panespecie, la cual era coherente con la teoría de la señalización en biología evolutiva. Intelectualizaciones aparte, para mí no cabía duda en que se me estaba indicando que la siguiera mediante su lenguaje no verbal por algún motivo de suma importancia. De hecho, epifanías como esa no hacían más que exacerbar mi visceral asco por Descartes, y sus vivisecciones y torturas públicas de perros, con las que pretendía mostrar que se trataban de autómatas semovientes sin sensibilidad ni mente: si tal era nuestra ceguera hacia la otredad, no sorprendía el auge del espiritualismo de Maine de Biran, de una psicología basada en la intuición en la que el sentido de agencia de la alteridad sólo podía aceptarse como acto de fe.
Cerinea, así la denominé, estuvo brincando de forma alterada a lo largo de todo el camino, como si mi lentitud, relativa a su gracilidad, para navegarme por aquel paraje de obstáculos la pusiese nerviosa. Pronto descubrí el porqué: en un claro, aplastado por uno de los colosos que lo circundaban, un cervatillo, cuya sangre derramada regaba el tocón de su victimario. De peque, recuerdo leer de mis libros de historia que los funerales eran una práctica exclusiva del homo sapiens, y a mi padre tachando a tales antropologías de egocéntricas, y mostrándome filmaciones en las que tales actos eran realizados por monos, elefantes, pájaros... Así también Ceri olfateaba a la que asumo era su cría, dándole con su hocico empujoncitos de tanto en tanto; toda la atención que instantes antes con tanto dolor me estaba prestando, se reunía de nuevo con su ulterior, genuina y personal causa, sumiéndose en sí misma e ignorándome por completo hasta mi partida.
En algún parpadeo mis humedecidos ojos colapsaron en lágrimas, y con el contraste de su tacto en mis mejillas quebré el vaporoso velo de mi obnubilación: Cerinea me había traído hasta allí no sólo para honrar a su vástago, sino para liberarlo, así que me puse manos a la obra. Cuando me fui, ella permanecía allí estirada, junto a la carne de su carne.
III
—¡48 clavos necesitó el carpintero!, 48 como son las plantas que subía hasta tu altar para retratarte junto al perfil urbano por el que tanto habías hecho, mi pichoncito, y en el que nuestras almas se fundieron en una para hacer una tercera. ¿Y sabes qué más? Gepeto —ese era el nombre de mi padre, y también el del establecimiento; cuando aún vivía, a mí solían llamarme G, pero ahora la gente simplemente asumía que yo debía ser él. Si mi defensa de la ósmosis nunca convenció, ¿para qué desengañar a nadie revelando que soy su hija?— me ha contado una historia fabulosa sobre esta cuna, y cómo sus materiales están impregnados por el espíritu de otra criaturita que velara por la nuestra para encarnar la existencia que no pudo florecer.
Hablando con sinceridad, necesité de 49 clavos, pero debido a las condiciones meteorológicas me quedé sin forma de encargar más y me tuve que apañar con 48. Por supuesto, podría haberme esperado, pues tampoco era como si fuera a tener ninguna visita en esas circunstancias, pero en aquel momento de gracia el embrujo del wabi-sabi me poseyó: una cuna incompleta como toda vida lo es.
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.