Microamores IV: polaridades
—Brrr... Ayer asándonos en una tórrida playa, hoy tiritando en una nevada montaña. Así torturándome veo cuanto me amas, preliminándome con juego tan sensorial.
—Yo ya te avisé cuando del sudor te quejaste: «un poco guárdate de estos rayos de sol en la mochila, que vas a echar de menos esta ola de calor levantina.»
—Claro, ¿y qué más? Tus poéticos gestos simbólicos no aliviaran mis lamentos ni cambiaran las leyes de la termodinámica.
—Pero tienes suerte: traje de sobras para dos. Y rascándose el bolsillo —continúo cambiando su registro de voz, al tiempo que dramatizaba la narración— extrajo una bolsita de celofán de la que al abrirse emergieron cálidas partículas que inundaron su espíritu, en aquel universo alternativo gobernado por la teoría del flogisto.
—¡Ay, cielos! Eres tan cursi que me acaloras... Abrázame, anda, con tu radiante alma.
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.