Las conversaciones en mi cabeza: complementos
—Tras dos semanas portándolo, eres la primera persona que me pregunta por el colgante.
—Pero dudo que sea la primera en fijarse.
—Pues que discreta es a veces la gente.
—Como lo vistes por dentro, pensarán que es algo privado que no quieres discutir.
—¡Ah!, eso tendría lógica; y yo reprochándoselo, ¡ja! Aunque en parte es cierto, supongo.
—Ya. Es que podrías llevar ahí abajo cualquier cosa.
—A Noah, por ejemplo.
—Sí, quienquiera que sea. Una foto de pareja, un afecto de amistad, un memento de una promesa de rivales, la objetivación de una hazaña colaborativa, o literalmente cenizas de familiar.
—Me gusta como suena eso de atesorar un símbolo compartido.
—Mejor que uno público, seguro. No sé qué me perturbaría más, si un taijitu, un crucifijo, una esvástica nazi...
—También podría ser algún kink.
—¿La esvástica? Un sencillo collar bdsm de día o una elegante joya vibrador de plata serían más estándar, pero haya cada cual con su vida íntima.
—Sea como fuere, lo de llevar algo que sea además funcional parece práctico, ¿no?
—¿Lo dices por el consolador? Salvo que busques una denuncia por acoso y escándalo, yo no iría por ahí ci-ci-ci-cimbrando. Si deseas algo útil para esas manos ansiosas, sugiero un kombolói o un mordedor sensorial en forma de fidget spinner.
—Hablas como si los símbolos no sirvieran para nada: un anillo negro en el dedo indicado es un código de comunicación intracomunitario.
—Descifrable por cualquiera con la mínima sospecha, Google mediante: los secretos a vista son una reliquia del pasado.
—Aun así, ¿eso no desestigmatizaría?
—¿Tienes la influencia suficiente como para naturalizar algo que se percibe como una anomalía o excentricidad?
—¿Qué hay del «you must come out» de Milk?
—Eso se acotaba al entorno cercano. Piensa que en Qatar prohibieron la entrada de la bandera en los estadios para no exacerbar la intolerancia y garantizar la seguridad del público.
—¿Y como gesto de solidaridad desde una confortable distancia para incentivar el apoyo monetario y político a una causa?
—Si se interpreta como una insincera o irritante señalización de virtud y superioridad moral, te rebotará y conseguirás la respuesta contraria.
—Ni que yo fuera una polarizante e inaccesible celebridad: no creo que en mi pequeño mundo nadie tuviese motivos para reaccionar así, o no sin comentármelo antes.
—Tal vez, pero incluso un mensaje genuino puede ser ambiguo y controvertido.
—¿En qué es engañoso un signo de paz?
—¿Condenas la defensa, apoyo y represalias contra una invasión por ingenuidad hippie o por aprobación del ataque?
—... Por favor, ¿tratas de matarme por envenenamiento de cinismo?
—Lo digo en serio. Y lo mismo con el taijitu: ¿es una frívola apropiación cultural neoliberal y neocolonial, o una humilde apreciación de una brújula espiritual al fin hallada? Incluso un talismán de cristaloterapia podría usarse de modo irónico, como emblema anti-pseudociencia, o metafórico, por su efecto placebo, como insignia del socioconstruccionismo.
—Visto así, ya ni me sorprende que no me hayan preguntado.
—Para que veas la confianza que te profeso. ¿Y bien?
—Yo lo concebí más como un experimento fenomenológico.
—Esa no se me hubiese ocurrido. ¿Alguna conclusión?
—Hasta ahora estas cosas se me antojaban una trivialidad decorativa...
—No te confundas: habrá de todo. A veces no tienen más sentido que ese, y ni tan siquiera serán el reflejo de una autoexpresión a través del estilo de vestir.
—...pero no sé si soy capaz de desarrollar ningún apego o valor sentimental por un objeto.
—¿Envidia?
—Curiosidad.
—Procurando comprender mejor las experiencias y miradas ajenas poniéndote en su piel. Muy loable, aunque quizá peques de idealista.
—No es sólo eso. El hermetismo es estancamiento y muerte. Entablar conversación con el mundo y sus costumbres ayuda a encontrarse; a base de ensayo y error terminamos resonando con algo. La originalidad creativa emerge de la restricción.
—Entonces, ¿le has autoimpuesto algún significado particular?
—No en inicio, aunque algunas imágenes han empezado a consolidarse sobre el lienzo vacío. Con tanta boda a mi alrededor, lo estoy reconociendo como mi propio auto-compromiso, en una suerte de auto-collarización.
—¿La soledad escuece, eh?
—No, es más una reafirmación convencida contra la amatocrononormatividad; me siento bien en mi solitud.
—¿Y dónde lo compraste?
—Me lo regaló Noah cuando me mudé hace años, asumo que para no perder el vínculo. Marchita ya la relación por dejadez, se ha convertido en una -ésima advertencia de que debería regar más mi jardín social. Gracias por la charla.
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.