Las conversaciones en mi cabeza: Ser o no ser idiota, esa es la cuestión
—Debes creer que soy idiota.
—¿Por no hacer un ctrl+f en la documentación? No, más bien que estás hasta arriba de trabajo y tienes la atención en otra parte.
—«Clara y distinta como el agua, mi alma entera se transparenta... a quién en ella fija la mirada», me murmuraron al viento rapsodas.
—Mmm... ¿te aplaudo?
—No.
—Sea como fuere, la inteligencia es una propiedad global, no local: no tiene sentido atribuirla o quitarla en función de un hecho aislado. O al menos con eso me consuelo cuando me siento idiota.
—Incluso mis más gráciles ángeles, que del saberoso árbol comen, también por el sol queman sus alas, y caen a espinosas olas.
—¿Para cuándo el poemario?
—¿Para cuándo dará pan, techo y ley la lírica?
—Ah, esa me la sé; la tengo justo aquí, en mi calendar: «El 7 de abril, dos mil nunca».
—Touché; al filósofo C. Tangana no parece faltarle pan, no.
—De todos modos, ni he saboreado ese anhelado fruto, ni la pluma de mis letras como a ti me arde; la gente tiende a confundir mi diógenica acumulación de datos y conocimientos con genuina inteligencia.
—¿A qué esa seguridad? ¿Acaso no se pueden dar ambas? Para que te señalen lo primero / bien has de estar luciendo / tu enciclopédico pensamiento, / luego ya no es inútil librero / empolvado y muerto / enterrado entre cientos; / al orquestar según cada momento / sus bellas páginas de crisantemo, / su vida florece y da ornamento.
—John Cage sabrá si hay utilidad y belleza en rasgar una viola según la semilla aleatoria del ahora, pero desde luego no inteligencia. Ni tampoco en mi verborrea, que farfulla hilos de pensamiento que no vienen a cuento: te recuerdo que deberíamos estar hablando de trabajo.
—Nos espera una larga reunión; un poco de lubricante social nos prevendrá de quemarnos, hazme caso.
—¿Un poco? ¡Como sigamos engrasando no nos vamos a mantener de pie!
—Ya, quizá tengas un tanto de razón / en que tu capacidad de adecuación / es más bien carente, / mas cuándo exhibir cada información / no agota el término «inteligente»: / tus observaciones son interesantes.
—Seguro, y por eso nunca hemos quedado fuera del trabajo para tratar en más profundidad cualquiera de ellas. No te engañes: dejas que me pierda por mis tangentes porque la alternativa es ponerse a trabajar, y no te apetece nada (a mí tampoco): ya en tu casa tienes mejores cosas que hacer que preguntarme por mis fuentes.
—Mira, ahí lo tienes: no puedes hacer un argumento contrafactual tan sagaz (y cínico, he de añadir) y negar inteligencia.
—Te engaña un espejismo: no hay inteligencia en repetir mecánicamente la fórmula de razonamiento bayesiano.
—Venga, vale, me rindo: yo no puedo probar tu inteligencia, pero tú tampoco su supuesta ausencia.
—Hace poco hice un test de factor g y saqué 99; ¡toma prueba!
—Vaya, ¿ahora vamos a definir la inteligencia con constructos psicometricos?
—Si se te ocurre otro proxy mejor, dime. Si más no, correlaciona bien con otros indicadores sociales usuales, como el rendimiento académico y laboral.
—¡Arrea! ¿Dónde quedó todo tu discurso post-estructuralista? Por favor, si ayer mismo me hablabas de Slorach y el modelo social de la discapacidad.
—A eso quería yo llegar, pero necesitaba que lo dijeras tú para evitar que me tildaras de posmodernitis.
—Premeditación: otro signo de inteligencia.
—Te equívocas: simplemente me regodeo de que al apelar yo a un producto de tu querida modernidad, por rebatirme, la hayas traicionado. Tu lectura retrospectiva de planificación está sólo en tu cabeza: ha sido una feliz y emergente coincidencia.
—Claro, siempre que no te interesa reconocer responsabilidades individuales es algo sistémico, como si esta conversación no fuera más que un puzzle construido por tu querida OuLiPo, que con sólo agitarse terminara encajando. ¡Qué fantasma! De eso te estaba acusando: de hipócrita; no era un cambio de opinión.
—¿Hipócrita por tratar de convencerte a partir de tus propias creencias, y no otras?
—Hipócrita por no razonar a partir de tus propias creencias, y por no reconocer tu inteligencia.
—Primero, yo no tengo realmente creencias, o muy pocas. Quizá sea deformación profesional matemática, pero en lo posible tomo en cada caso el marco teórico de trabajo que crea más conveniente (ora para refutarte, en búsqueda de tu síntesis, ora para demostrarte, ora para desarrollarte), ya sean los axiomas de dominio de integridad o de espacio topológico Hausdorff, sin comprometerme con ninguno de ellos, lo que debería explicar mi diógenica hambre de conceptos, pues no tengo otra manera de pensar el mundo que recopilando y reutilizando estas ideas ajenas. Segundo, aunque tuviera mis propias creencias, no veo problema en razonar desde fuera de ellas: ¿qué tiene de malo el activismo ateo de leer la Biblia para mostrar que esta no condena el aborto, a lo Renegade Cut? Si cada cual no saliera de su propia burbuja, cederíamos a la polarización y el empobrecimiento de perspectivas. Y tercero, aunque no lo creas, estaría siendo hipócrita si me admitiese inteligente, ya que me estaría amoldando a una interpretación ajena de qué señaliza inteligencia. Para mí, son mucho más indicativos tus versos que mis racionalizaciones.
—Ratones antojan, lechuzas y cuervos, / y en mis silos tristemente desiertos, / también quisiera sin arcadas comerlos. // Riegan pases de pulmonía letal / las tormentas que asedian mi cubierta / mientras el pez duerme mojado en paz. // Visto puerto, esta envidia revierto: / al fin en mi lugar, la plenitud siento.
—Perdón, no puedo no aplaudir eso.
—No es para tanto, es un refrito de Zhuangzi.
—Como dije, refritos es todo lo que yo digo, y no por ello la gente deja de señalar.
—Uf... ¿Sabes? He de concederte al menos una cosa: si lubricas de más, te caes.
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.