Las conversaciones en mi cabeza: Mi cuerpo es un lugar gracioso y extraño


En sus maternales brazos me mece cual bebé el sol de verano: śramaṇa, tus sueños de nirvana —antaño aspiraciones— rozan ahora mi alma a través de mi carne, que vibra cada vez más excitada cual tono de Shepard que nunca acaba, sintiendo el éxtasis a mí llegar en cada instante sin nunca consumarse. Ay, si yo pudiera aquí vivir y morir...
—Sabía de tu delgadez, Mar, pero... Verte así, sin camisa en la tumbona, da cierta grima, ¿sabes? Se te marcan todas las costillas y cadera.
—No pases ansia, que yo no paso hambre: es todo un juego de perspectiva; si me girase y me pusiese a cuatro patas, me colgaría toda la flácida y fofa barriga. ¿Quieres que te haga una demostración?
—¿Me estás preguntando si quiero que te pongas a cuatro?
—Refrasearlo no me responde, pero en fin, reconozco que a mí también me impresiona, lo de ir marcando hueso. De hecho, recuerdo que la primera vez que me lo noté, viendo una película en la cama, hasta me dio repelús.
—¿La primera vez?
—De peque tenía suficiente gordura como para ponerme a hacer caras con ella, así que no acostumbraba precisamente a sentir los surcos de mi esqueleto.
—Espera, espera... ¿qué es eso de hacer caras?
— Sí, con la barriga; ¿nunca lo has probado? Así tumbado no puedo, ni ya tampoco de pie, pero si me siento... —comienzo a explicar mientras me incorporo—: Con las manos abiertas como si fueras a tomar un vaso, oprimes los laterales de tu abdomen (al tiempo que lo elevas con los dedos que quedan debajo) para que parezca una boca de gruesos labios diciendo «o», empujando a su vez con los pulgares que quedan arriba hacia abajo y el centro (desde los laterales del flotador superior) para formar una nariz con bigote.
—¿Y los ojos?
—En secundaria una amiga se me quejaba de que tenía yo más pecho que ella, así que con eso te lo digo todo.
—Pues qué cambio, ¿no?
—Ya ves. Primero fue el estirón, y luego empecé a perder 3 kilos por año sin motivo aparente hasta llegar a un IMC de 19 o así. Aún recuerdo el comentario de mi hermana viéndome salir de la playa al más puro estilo T-rex Arms Club: «enfermiza estampa la tuya». Y sin embargo, como dice mi madre, mira que buenos jamones —cambio de tema volviéndome a recostar, subiendo la pierna derecha, y arañando con la larga uña de mi pulgar izquierdo su parte interior como si cortase una loncha, que a continuación finjo llevarme a la boca y masticar—: ¿te apetece un poco? —invito acercándole mi mano.
—Mejor come tú, a ver si así redistribuyes tu peso.
—De todos modos, lo que más me inquietó no fue descubrir que tenía costillas, sino que tenía un lipoma en cada ingle y lado de la cadera. Son como del tamaño de un garbanzo, y a veces no puedo evitar manosearlos mientras veo una peli, como quien se mesa la barba o juega con un kombolói, en una suerte de stimming o autoestimulación.
—No sé, a mí esa costilla me parece muy sobresaliente y mucho más preocupante que unos bultitos bajo la piel.
—De nuevo, te engañas: lo que destaca es una simple costilla flotante. De hecho es muy gracioso porque sólo la tengo a la izquierda, y de ahí que cuando me siente se me forme un flotador sólo de ese lado —enseño incorporándome.
—Ya, la verdad es que así sentado luces un buen barrigón. Eres como Jano, mostrándote con dos caras tan distintas.
—Tres, más bien, como Hécate. Con el yoga y la calistenia volví a recuperar peso en forma de tonificación, y ahora, cuando me pongo a hacer los ejercicios frente al espejo, por un momento toda mi débil carne se tensa, observando músculos que ni sabía que tenía. No sé, a veces tengo la sensación de que mi cuerpo es un lugar de lo más cómico y peculiar, sorprendiéndome siempre con sus transformaciones. Pero, dime, ¿y qué hay de ti?
—Oh, Mar, ¿pero aún no te has dado cuenta? Yo no tengo cuerpo: te has dormido al sol y estás alucinando esta suerte de monólogo.

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