Homo narrans
Tras una semana de espesa nubosidad, el sol venció esa mañana y las letárgicas criaturas se reanimaron. Años de observación me hacían concluir que sólo el astro rey podía despertarlas y alimentarlas: ninguna otra fuente de energía sería suficiente para su mantenimiento, grandes como eran.
Ante aquellos inesperados rayos de luz, su madre gritó esperanzada de que la erupción volcánica empezara a disiparse, instando a su prole a tomar las fuerzas que le quedaran para volar hacia allá; ¿habría temido su muerte? La imagen aún me impacta: un grito sordo que arremolina las olas y mi alma; si no fuera por mi sonógrafo, lo creería magia.
—Mamá, si tu teoría es cierta... ¿por qué son negras como los paneles solares y no verdes como las plantas?
En ese momento contesté con condescendencia, pensando que hablaba la voz de la inocencia, pero ahora veo claro que estaba todo en mi cabeza: cuánto nos gusta contarnos historias que nos simplifiquen este incomprensible mundo, ¿verdad? Te dejo ya en tus manos, mi amor, esta carrera de relevos.
«Pero los mortales creen que los dioses han nacido y que tienen vestido, voz y figura, como ellos. Pero si los bueyes, caballos y leones tuvieran manos o pudieran dibujar con ellas y realizar obras como los humanos, dibujarían los aspectos de los dioses y harían sus cuerpos, los caballos semejantes a los caballos, los bueyes a bueyes, tal como si tuvieran la figura correspondiente a cada uno». Jenófanes de Colofón (DK 21 B 14-15).
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.