Amor estrellado

 


I
«Toc, toc.
—¿Daniela?
—Sí, ¿quién es?
—Alex. Me preocupó tu ausencia en la comida de inauguración, y te he traído un poco.
—Oh, gracias, no deberías haberte molestado —comenta mientras abre la puerta y hace ademán de llevarse la bandeja.
—¿Ya te encuentras mejor? Te noto restituida — insiste Alex, que no está por la labor de soltar el plato con tanta facilidad.
—Sí, no hay nada que una buena siesta no pueda reparar. Lástima lo de perderme el evento, seguro que hubieron conversaciones interesantísimas. Ay, ojalá tenga alguna otra oportunidad para socializar y conoceros.
—¿Qué tal ahora?
—¿Ahora?
—Aprovechando que ya has descansado, podría hacerte compañía mientras cenas.
—... Claro, pasa.
—Uy, eso no es un consentimiento nada entusiasta. Si mi presencia te va a cortar la digestión, mejor me marcho.
—La siesta es milagrosa, pero no tanto, así que no me pidas que salte de alegría y entra, por favor.
—Ya veo... ¿mucho ajetreo con tu primera noche en la ciudad? ¿Saliste de juerga por la periferia, y de ahí la indisposición?
—No, por supuesto que no. ¿Qué clase de imagen estaría dando de mi delegación? Tengo una reputación que mantener.
—Sin duda. Además, ¿qué haría un chico como tú en un antro como The Angry Inch a las dos de la madrugada, verdad?
—Ejem... ¿Estás insinuando algo?
—Que aún me debes un abrazo de despedida de la anterior cumbre internacional en Madrid, Daniel. Si te molesta, conmigo puedes quitarte la peluca.
—... Parece que mi maestría con el disfraz no es suficiente como para engañarte ni una sola vez, ¿eh, detective? Espero que te lo hayas pasado a gusto a mi costa —declara ufanamente mientras pasa con orgullo sus dedos por entre la melena que le cuelga.
—Oh, no seas tan dure conmigo, sólo velo por tu bienestar.
—Claro. Y por eso me reportarás a las autoridades pertinentes para mi deportación, ¿eh?
—No digas tonterías. Pensaba que habíamos congeniado en Madrid.
—... Esta profesión te vuelve suspicaz, así que no me vengas con medias tintas y habla claro.
—¡Qué frialdad! Ya verás, tú y yo vamos a hacer grandes cosas en esta cumbre, Dani. La geopolítica internacional va a dar un vuelco de 180º.»
—¡Guau, Mar, esta partida ya es hito de campaña!
—Me vas a tener que hundir en puntos de experiencia, Gabi...
—Y ese roleo máximo... ¡Buah, has roto el termómetro! ¡Puro simpeo!
—Ja, ¿tú crees? Yo sólo estaba tratando de ser buena gente; Dani me cae bien.
—Buf, pero esto es más que ser amable. Aquí se está forjando una relación muy estrecha.
—Ya, puede ser.
—Y con Mel igual. Parece que estés tratando de ligar con el elenco al completo. Ja, ja, ja.
—Mmm... No sé, la verdad es que no lo estaba entendiendo como coqueteo. Simplemente prefiero gobernarme bajo una presunción de amistad.
—¿Sí? Pues cuando te pongas a flirtear en serio serás la envidia de Don Juan.
—Lo dudo. De hecho, me espantaría: arco redentor aparte, su actitud es bastante desagradable.
—Entonces, ¿cuál dirías que es tu modus operandi, tu lenguaje de seducción?
—Yo no tengo de eso. Es más, fuera de rol y cuentos, me incomodaría actuar como mis personajes.
—Ya veo. O sea, este es como tu espacio seguro para explorar esta faceta, ¿no?
—Mmm... Supongo que es una manera de ponerlo, sí. En verdad me gusta el juego mental del sargeo, así en abstracto, pero nada más.
«—Veréis, la idea, la idea en sí misma es agradable. La idea de que me gustara Tommy y de besarlo y de tener un momento precioso junto al fuego después del baile de graduación. Todo eso era muy agradable. Y es todo lo que quería. —Advertí que estaba apretando con fuerza el volante—. Pero en realidad me asquea
Alice Oseman Sin amor 2020, Primera Parte: Sin amor
II
«¿Cómo podía entristecerme tanto renunciar a ese tipo de cosas que sabía de hecho que no quería?»
Ídem, Tercera Parte: Futuro de fantasía
El cálido abrazo materno del astro rey baña mi cuerpo y cura mis aún no cicatrizadas heridas: un simple y veraniego día de playa evapora un poco más, por un momento, las cristalizadas lágrimas de mi alma. Entreabro los ojos unos segundos y me acerco la mano a la cara mientras articulo mis dedos: tan simples, tan complejos. Por más que racionalice mi mundo, por más que me evada en mis fantasías, no hay mejor bálsamo para la mente que consolar la carne que soy, por muy complicada que sea mi relación con ella. Aunque, si mi profe de filo tiene razón, es más bien su socialización, contingente a un contexto histórico cultural, lo que genera los géneros... y mi pasada disforia. Todo un consuelo, saber que no tiene sentido culparme; ni a mi cerebro, ni a mi...
¡Ah! Así como una sartén al fuego salpica como loca cuando una gota fría la perturba, mi espalda sobrerreacciona ante una repentina y sádica lluvia, seguida de una fuerte presión:
—¡Auch!
—Ja, ja, ja. ¿Tanto peso, Mar?
—Cris, te me has echado encima de golpe; incluso en lucha libre son más suaves.
—Pues claro, eso es todo teatro —ríe mientras se recuesta y remueve sobre mí, casi como si pretendiera disculparse con sus caricias aftercare, fuente de oxitocina.
—¿Ahora soy tu toalla?
—Deberías darme las gracias: estás hirviendo. Vuelve al agua conmigo para enfriarte, anda.
—Mmm...
—Oye, ahora que me fijo, tienes unos cuantos puntos negros aquí —observa reincorporándose—. ¿Te importa si te los quito?
—¡Auch! Policía americana tenía que ser.
—Dispare primero, pregunte después. Ja, ja, ja.
—A la víctima no le hace gracia, agente.
—Está perdiendo mucha sangre: no malgaste su aliento... ¡salvo para contestarme! Ja, ja, ja.
—Grrr...
—Pregunta número 1: ¿por qué tu pareja no te limpia estos comedones?
—No tengo pareja — «como si eso se pudiera tener», mascullo para adentro.
—... Pero aquí hay años de trabajo acumulado: ¿qué hay de tus exparejas?
—Nunca he tenido pareja.
—¿Ni siquiera en el colegio?
—No.
—... ¿Y nunca te ha gustado nadie?
—Claro que sí. No habría accedido a acompañarte si me disgustaras.
—Oh, ¿te me estás declarando? Ja, ja, ja.
—No digas tonterías —protesto girándome para tener su mirada de frente—: me gustas sólo como persona; aprecio mucho tu espontaneidad.
—Yo también te quiero, mi kinky.
—Pero platónicamente, como amistad y pareja de baile, ¿eh? No quiero rollos raros.
—Ja, ja, ja. Por supuesto, nuestros rollos son muy normales.
—Yo sólo digo...
—Shhh... —me tapa la boca con su dedo—. Calla y escucha. ¿Sabes qué me dijo Gabi ayer? Que nuestro amor es platónico porque vive en el mundo de las ideas, junto a las estrellas, como parte de una pequeña constelación poliamorosa.
«¿Sabes por qué la gente se empareja? Porque ser humano es jodidamente aterrador. Pero es condenadamente más fácil si no tienes que hacerlo sola. [...] Pero ahora soy mayor y he aprendido algunas cosas. [...] Como la forma en que la amistad puede ser igual de intensa, hermosa e infinita que el romance. La forma en que existe amor por todas partes a mi alrededor: amor por mis amigos, amor en mis pinturas, amor hacia mí misma. Incluso, en alguna parte, aún más profunda, amor por mis padres. —Se rio, y no pude evitar sonreír—. Tengo más amor que muchas personas en el mundo, aunque no vaya a casarme nunca. —Se metió una cuchara llena de helado en la boca—. Y definitivamente hay amor por el helado, eso te lo aseguro.»
Ídem, Cuarta Parte: Magia platónica

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