Erofrú
Erofrú la tomó con firmeza con su mano derecha, se inclinó hacia ella hasta el punto que su respiración arremolinó el vello de ésta, abrió la boca todo lo que pudo, y ajustando la mandíbula como si fuera a hincarle el diente pero sin cerrar el bocado, empezó en su lugar a sorberla ruidosamente, como si se tratase de un vampiro... o, aun mejor, de la ventosa de un pulpo succionando la energía vital de un manjar sin precedentes. Al poco tiempo, unos jugos semitransparentes empezaron a correr por las comisuras de sus labios, quedándose atrapadas pequeñas gotas de aquel líquido entre su barba. Cuando quedó satisfecho —o sin aliento—, se retiró un poco, y empujando de abajo a arriba con su mano izquierda su perilla, se la metió en la boca y la aspiró profundamente. A continuación, retomando el foco en su víctima primera, la volteó con la mano que aún la sujetaba y repitió la operación.
—Verte comer es todo un espectáculo. Realmente estás disfrutando de esa fruta, ¿eh?
—Me gustan los melocotones —masculló ufano y bobalicón, ajeno al doble sentido, mientras hilos de salivación unían sus dos filas de dientes.
—¿No te asquean los pelillos? ¿Por qué no lo pelas?
—Mucha pereza —comentó entrecortado sin dejar de masticar—. ¿Nunca te has comido nada con pelos? —preguntó en un tono de genuina sorpresa; si no le creyera tan inocente, me habría sonrojado.
—Tus compis de uni deben alucinar viéndote comer —concluí con un suspiro, ignorándole.
No sabiendo qué decir a eso, se rió, como si no encontrara nada de extraordinario en su forma de regocijarse en el acto del paladeo. Cuando terminó, viéndolo juguetear con el hueso, rebotándolo de un lado a otro de sus mejillas con su vivaz lengua, inquirí señalando mi postre:
—Si te has quedado con hambre, puedes comerte mi plátano —esta vez no pude evitar acalorarme, al darme cuenta demasiado tarde de la connotación—. El estofado me ha dejado K.O. —me recompuse rápidamente, aprovechando la excusa para abanicarme agitando la blusa.
—¿Seguro? Aún no está pocho —observó palpándolo—; apuesto a que te aguanta un día más.
—Por favor, todo tuyo. Lo vamos a disfrutar más así.
—¿Vamos? —dejó caer con extrañeza mientras lo tomaba sin vacilar, sin esperar respuesta. Le dio entonces la vuelta, hincó la uña de su pulgar sobre el extremo de la semilla, y lo peló; nunca lo había visto deshojar de esa manera, por detrás. Luego se introdujo los primeros centímetros en la boca con relativa lentitud y suavidad, resiguiendo sutilmente con sus dientes la dúctil superficie, generando así finas laminas al final de su movimiento que iba degustando con fervor.
—¿Me estás queriendo decir algo? —no pude evitar soltar en un hilo de voz.
—¿Qué? Perdona, no te estaba escuchando.
—¿Por qué lo comes así? —intenté disimular.
—A más superficie, más sabor. Eso es de primero de organoléptica: las papilas gustativas... —Erofrú continuó, pero yo dejé de escuchar. Aunque no sabía si creerle o atribuirlo a mera sugestión suya, no estaba dispuesto a aceptar su invitación: sólo de imaginarme imitándolo, ya me moría de la vergüenza—...También puedes hacerlo así —aclaró mientras empezó a darle mordisquitos veloces y milimétricos sobre la punta y los laterales; cuando ya había rallado suficiente, empujaba entonces con fuerza su paladar contra las delgadas capas sobre toda su lengua mientras salivaba intensamente para saborear al máximo cada partícula de plátano—. La cosa es ir probando, a lo Ratatouille —y mordió esta vez un trozo más grande, que prensó con exagerados gestos de mandíbula.
—¿No eres consciente de lo que parece que estás haciendo, verdad?
—¿Es una pregunta husserliana? En plan, ¿no estoy comiendo un plátano, sino disfrutándolo?
—¿¡Qué!?
—Ah, no, has dicho parece. ¿Es una pregunta trampa, no? En plan, ¿esto no es una pipa, sino un simulacro de?
—Si te vas a poner todo intelectualoide, estudiante de Harvard, supongo que Freud es tu hombre.
—Freud... —se relamió en la palabra lo mismo que en su postre—. ¡Ah, qué específico! ¿Simulacros oníricos, no?
—¡Cielos, no! ¡El plátano! ¡Parece que le estás haciendo una felación al plátano!
—Mmmh... ¿Tú crees? ¿Cuándo a ti te hacen una felación, se te queda así? —dijo acercándome el carcomido fruto, dejándome a cuadros—. Además, vale que hay penes curvos, ¿pero tanto? —incidió acercándoselo al abdomen.
—¡No me seas literal!
—¡Ja! ¿Ahora yo soy el literal? ¿Quién ha citado a Don Todo Son Penes Freud?
—Precisamente abstraer algo que no está ahí es lo contrario a la literalidad.
—Precisamente proyectar siempre el mismo literal sobre todas las cosas es, etimológicamente, la literalidad.
—¡¿En serio quieres comenzar una discusión semántica sobre esto?!
—No, la verdad es que no —se retrajo—; para ti la perra gorda. Aunque sigo sin entender esa manía con erotizar la fruta...
—La erotización no está en la fruta, sino en tu manera de... explorarla...
—¿Seguro? ¿Si le hiciera lo mismo a un higadillo de cerdo...?
—Vale, vale—corté antes de que semejante escena caníbal se perfilase por completo en mi mente—; te devuelvo la perra gorda, pero no te me pongas a describir eso.
—¡Oh, no me seas condescendiente! Venga, que te hago otra analogía: ponte en el lugar del plátano.
—¡¿En serio...?! —Tragué saliva mientras me volvía a sofocar.
—Sí, en serio. Imaginate que los humanos fuéramos el postre de los plátanos, y que se rieran de nosotros porque tenemos una forma oblonga como su semilla. ¿No sería eso infantil?
Estupefacto, me congelé, no sabiendo que contestar ante tal inesperada ridiculez. Unos segundos después entornaba los ojos y me llevaba las manos a la cabeza, ensoñando en serio a Doctor Plátano resguardándose de una invernal ventisca en una taberna, quitándose su abrigo de piel amarilla, y deshaogándose con sus colegas de profesión de lo gastado que estaba ya el chistecito y las risitas del alumnado cada vez que se hablaba de los humanos en clases de zoología. Al final decidí que al absurdo sólo se le podía contestar con más absurdo:
—¿Sabes a que me recuerdan también? —espeté irguiendo con las dos manos la flácida piel del plátano, apuntándole con ella mientras le miraba con malicia y picaresca—. ¡Boom!
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.