Roja, roja Navidad
PS. Participación para EyL
Instrucciones para una navidad macabraRoja, roja Navidad
Roja, roja Navidad
Para organizar una roja Navidad, siga mis pasos sin rechistar. Y aun antes, mi aspirante, sea de mi ebriedad cómplice: tome sin temor una copa de este ponche, que es un goce, y crucemos el templo del mejunje, pues aprender a prepararlo es primordial, si en las fiestas quiere triunfar.
¡Vea qué hermosura! ¿No es una locura? Un «dos por uno» que es un gusto, sueño húmedo de esta sociedad de consumo: mientras la fruta hervimos, recién extraída de mis cultivos, éstas cantan tiernos villancicos. Pero beba, beba sin vacilar: ¡le he servido de mi reserva personal! ¿El secreto? ¡Qué indiscreto! Mas confesárselo debo para que tome mi puesto. Shhh... verdes, deben estar verdes... Ya sabe, bebés. Sí, lo sé, monstruoso. ¿El fruto inmaduro el más sabroso? ¡¿Quién inventó este juego absurdo?! ¡Oh! ¡¿Por qué no usamos fetos?! ¡Aprendes rápido, sagaz intelecto! Tan solo no se nos había ocurrido... ¡Ah! El tembleque de mi mano, el humedecerse de mis ojos, el vibrar de mi alma: ¡contémplalo todo en la emoción hundido! No me he arrepentido de haberte escogido, mi amor...
Disculpe mi atrevimiento, mejor continuemos con la visita: los baños nada envidian a la cocina. ¡Ve, no tiene pérdida! Ninguna celebración auténtica puede permitirse, para servir el ponche, esas imitaciones que llaman «fuentes» y que no miden ni un pie. ¡Oh, qué bien observado! En efecto, para el reservado expoliamos de Versalles el estanque de Neptuno. ¿Lo pilla? ¡Para mi ponche gran reserva! Ay, qué risas... Las piscinas más grandes del spa son las de menor calidad; ya sabe, cuerpos enfermos y viejos: su sabor no es tan jugoso, y su canto, no tan maravilloso, pues las carnes más jóvenes y sensibles gimen más fuerte y excitadas mientras se cuecen bajo nuestro, elevándose su jolgorio desde el sótano hasta mi aposento. Por supuesto, tenemos también un jacuzzi en silencio, por cadáveres alimentado, y una sauna, y otras tantas.
Salgamos ya al patio: tan bullicioso y caluroso espectáculo es fantástico para el frío, pero no debimos entrar sin desvestirnos. ¿No es espléndido? Con los restos del ponche, y la fruta bien exprimida, como a Erzsébet apetecía, la atravesamos cuál brocheta, que es toda una vista de Vlad digna. Y allá en el medio, el gran abeto: sobre un tronco central, los empalamientos en espiral. Oh, los pájaros carroñeros lo adoran, y con su voz nuestra velada adornan.
Acerquémonos: tengo un regalo para ti bajo sus ramas, y sus cientos de miradas. Lo sé, mi vena romántica me puede, y me contorsiona como quiere. ¿Será el paisaje o el aroma, lo que así me obnubila? Quizá el júbilo infinito de traspasar al fin mi emporio, que ahora te cedo: abre sin miedo el primer empaquetado.
No te sorprenda: los rumores a veces aciertan. Sabes bien qué hacer con esos cubiertos, y cómo mi pecho dejar abierto: para convertirse en Santa hay que comerse antes a Santa. Te sugiero empezar por mis muslos, perfectamente torneados. Para partirme el cráneo, usa el segundo regalo: los sesos hacen un postre magnífico. La batidora del tercero para los huesos, claro.
Pero no te cortes, no pares de comer. Piénsame como Toguro el Mayor: no me estás matando, sino una nueva vida dando; una dentro de ti, mi Gourmet. Su legado, mi estirpe y nuestra leyenda de este modo eterna se perpetúa.
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.