Lo que ocurre en la alcoba real, se queda en la alcoba real
Lo que ocurre en la alcoba real,
se queda en la alcoba real
Calor; mi cuerpo emana calor como si no hubiera un mañana. Y tal vez no lo habría, al menos para mí. Pero aun así, no puedo por completo culpar de esta irradiación a mi fisiología, mis nervios o, incluso, mi cobardía. Pues en efecto, sobre el campo de batalla, y antes de siquiera sonar las trompas, ya golpea con intensidad el sol, que convierte en un auténtico horno a mi armadura. Oh, espero que quién me mate tenga a bien comerme: sería una pena desperdiciar semejante asado, tan ricamente alimentado durante años. ¡Cielo santo, ya creo que hasta deliro: ¿sol, me estáis hablando?! Ah, no puedo escucharos bien sin miraros, quedando en embeleso ante vuestras sinuosas inflexiones de voz, que en sus curvas me abrazan, pero tampoco puedo concentrarme en vuestras palabras cuando os contemplo: ¡cuán cegadora es tanta hermosura junta! Viva imagen de nuestra reina, sin duda, fiera y grácil cuál felina... Uf, sólo de pensarlo, más me ahogo: uh, os lo ruego, matadme, matadme ya de insolación, ma...
¡Mierda! Era todo una pesadilla: aún tendré que revivir mañana este mismo sofocante episodio. Ah, quizá no debiera haber comido tanto, incluso aunque se tratase de mi última cena. Sí, haber seguido el ejemplo del rey y no haberme entregado a la gula. Aunque claro, él tiene un consuelo más apetitoso esperándole en sus aposentos: antes de una batalla tan crítica, necesario es desenfundar otra espada, de cuya herida ha de brotar nueva esperanza. Ay... si yo pudiese besar esos ojos, acariciar esa naricita, y hundirme en su lengua, entonces yo tampoco me hubiera empachado. Mas heme aquí, en solitud... en solitud con mi libido... Mmm... quizá masajearme me relaj...
¡Rayos! No lo soñé, en verdad me llama a la puerta la reina. Pero... ¿qué hace aquí, a estas horas?, ¿no debería estar engendrando a un sucesor, por lo que pueda pasar?, ¿mirome acaso con lascivia durante la cena? ¡Ja!, ya quisiera yo... En fin, no la hagamos esperar.
Apenas soy capaz de seguirla: ¡qué carisma, qué polimatía, qué inteligencia, qué integridad! Me pide, en calidad de Cerrajería Real, un candado jamás construido ni imaginado, inquebrantable; un rompecabezas esquivo que resista el paso de los siglos y su ingenio venidero, un manuscrito Voynich. ¿Por pedir, que no quede, verdad? Pero ante mi reproche, me responde: «¡Por quién me tomas! Por supuesto que exijo un imposible: ¿cómo quereis sino que os motive a dar lo mejor de vos?» Oh, si tú supieras... Y ante mi mirada de suficiencia, me habla entonces de un tal Dantzig
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de su tierra natal que había resuelto no sé qué misterios de su disciplina, creyéndolos ejercicios de aprendiz, un siglo ha: «comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible, que diría nuestro apreciado San Francisco de Asís».A 1939, llegando tarde a una clase de estadística, el candidato a doctorado Dantzig encontró dos problemas escritos en la pizarra. Creyendo que eran tarea para casa, los resolvió al cabo de unos días, tratándose en realidad de conjeturas abiertas. Fuente: An Interview with George B. Dantzig: The Father of Linear Programming 1986.
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Y viéndome pronto a contestar con condescendencia, me aclara enseguida que tendré también que reforzar la puerta e idear un sistema que eche abajo la cámara en caso de que alguien intente forzarla por ariete. Los ojos debieronseme salir de las órbitas, porque me pellizcó con sorna mientras exclamaba: «¡y no, no estás soñando!».Atribución falsa, a juzgar por Francis and Clare: the complete works (archive); primera referencia encontrada en: The Reader's Digest, Volume 130, 1987 (google books). Me permito la licencia ya que sí existen máximas de sentir muy similar, pero cuyo fraseado no se adecua tan justamente a la situación, aún más antiguas (como no podía ser de otro modo, pues nada hay nuevo bajo el sol): «¿hay algo que no cause asombro cuando se tiene conocimiento de ello por primera vez?, ¿cuántas cosas se cree que no se pueden hacer hasta que se han hecho?» («aut quid non miraculo est, cum primum in notitiam venit? quam multa fieri non posse prius quam sunt facta iudicantur?» Gaius Plinius Secundus Naturalis Historia Liber VII, Ch. 2 en la edición de Mayhoff, 77 dC).
Entonces vinieron los porqués: un mal agüero su noche había perturbado —¡ni falta hacía decirlo!— y temía recrear el final de Lucretia: que queriendo el rey invasor —nuevo Tarquinio— legitimar su conquista prendándola, al ella negarse, Tarquinio fabricaría entonces burocráticamente a un hijo bastardo en común, al tiempo que sellaría los labios de mi Lucretia con su espada mediante la misma artimaña planteada por el Tarquinio original,
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desprestigiando así la antigua realeza en pos de la nueva: «¿qué ganara mi pueblo con ello; con este cambio presentado por bueno, pero de fatídico pronóstico? Mas valdrá incitar a la rebelión con mi muerte, si no han de desfallecer de hambre como los vasallos de aquel hombre.». Y cierto es que corrían rumores de todo tipo sobre este Tarquinio: que si tan mayor y aún soltero y sin descendencia conocida, que si no había persona que soportara su crueldad, que si sus gentes eran explotadas y continuamente reemplazadas por sus nuevas conquistas... «Si mis súbditas han de sufrir, sufra yo con ellas.».«Cuando vio que ella era inflexible y no cedía ni siquiera por miedo a morir, la amenazó con su deshonra pública, declarando que pondría el cuerpo muerto de un esclavo junto a su cadáver y diría que la había hallado en sórdido adulterio.» Titus Livius Ab urbe condita I.58, c. 27 aC.
Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar, habiéndoselo reservado para su recapitulación final: «si el rey no vuelve, nadie ha de volver a pisar su alcoba, mi alcoba. Y por ello, sólo el rey debe tener la llave que habeis de fabricar. Pero puesto que quién hace una puede hacer dos, a partir de hoy yo os nombro escudero real: vuestra vida y la de mi esposo quedan así unidas en una sola, y no podrán regresar vuestros cuerpos sino juntos, ambas vivos o ambos muertos.» Oh, ¿cómo me hacéis esto?
Los añafiles anuncian al castillo, con júbilo patente, la vuelta de la batalla. El pueblo vitorea a su paso a las agotadas tropas, y los curanderos se acercan a atender a los heridos. Mi nuevo escudero real, Alex, me acompaña a mi lado: ¿quién lo habría creído tan ducho? Una mariposa se asienta sobre la crin de mi corcel: ¿y tiene este pelaje algo de especial que la haya atraído, o es sólo lo más cercano que tenía sobre lo que reposar? Los astros se alinean periódicamente sin haber magia en ello, y también un herrero puede acertar los movimientos y las estratagemas enemigas en un momento de lucidez sin necesidad de invocar, como me sigue insistiendo ahora, en que la noche le poseyó y le mostró el porvenir.
Subiendo ya las escaleras del torreón, y volviéndomelo a mirar de cerca, me sorprende su torpeza: ¿dónde quedó ese ímpetu de guerra, que me salvó de una flecha certera? Él mismo es consciente de su presente patosidad, declarando, tras tropezar: «disculpe, mi señor. Me parece que hoy he pedido de prestado al cielo la energía que había de darme y durarme por los próximos años, y ya apenas me sostengo. Y en verdad os digo, sentí bajo el sol de la batalla cómo éste me imbuía de una extraña fuerza.».
Al fin ante la puerta, ordeno con un gesto su retirada a los guardas que custodian mi alcoba, e introducimos a la par, en el doble candado, sus llaves. Y sin mediar palabra, como había procurado hacer durante toda la jornada, tomo ambas llaves y el candado, entro, y cierro desde dentro mientras observo una mirada primero de contrariedad y luego de decepción. Lo siento, amigo, pero no hay nada que ver aquí.
Me retiro los guanteletes y el casco con dificultad, y suspiro ante la previsión de tener que quitarme el resto de la armadura sin ayuda, recordando los malabares que tuve que hacer para vestirla. Como si nada hubiera pasado, Gabi sigue bajo las sábanas. Una vez con las manos desnudas, aún suaves como las sedas que cobijan a mi ángel, acaricio su tez, un poco más seca que cuando me fui.
Este golpe de realidad me horroriza y, por puro instinto, tomo la jarra de agua y se la sirvo por la boca. Al rato, me doy cuenta del lamentable espectáculo que estoy dando. Imagino que el chute de cortisol —el mismo que debió poseer a Alex— me hizo, por unas horas, olvidar.
Me lo quedo mirando, y se me escapa una risita estúpida al percatarme de que aún lleva puesto el cinturón de asfixia en el cuello. Ay, mi Gabi, cuánto te gustaban mis juguetitos sexuales del futuro... Espero que tu muerte, petite et grande, compensase la de tu esposa, que aquí suplanto.
¡Ah, qué ironía! Queriendo conocer a mi heroína, Christine de Pizan, para emularla, termino desencadenando su defunción y teniendo que convertirme, literalmente, en ella. Shit happens, I guess...
El caso es que ahora tengo un pueblo que mantener: me pregunto si, revelando que fue Chris quién luchó en el frente, me aceptarían lo mismo que a su rey...
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.