La regla de oro (cuento infantil)
Siroco y Mistral han crecido juntos desde bebés: una sincera amistad los une. Pero ahora sus caminos se dividen: la familia de Mistral se muda a otra ciudad. Las quejas de sus llantos resuenan en el cuarto: «¡No queremos separarnos! ¡¿Por qué?! ¡No queremos!». La familia responde entre lágrimas: «Yo tampoco quiero. Pero tenemos que hacerlo, para seguir comiendo. El trabajo que aquí perdimos, allí nos espera». Una verdad les consuela: en vacaciones volverán a verse en el pueblo.
En el nuevo colegio las costumbres de sus compañeros son diferentes, pero Mistral se va adaptando. Por ejemplo, entre ellos se dan pequeños codazos cuando hacen bromas, palmaditas en la espalda cuando están tristes, y golpes en el hombro para saludarse. Observa también que, según la fuerza usada, puede saber si la persona está emocionada o desanimada. Con el tiempo, entiende que es simplemente una manera distinta de hablar, y que no hay motivo para tener miedo. Finalmente, Mistral aprende este lenguaje corporal, esta forma de socializar. Y sin ni siquiera darse cuenta, termina repitiendo estos mismos comportamientos.
Por su parte, Siroco lo está pasando muy mal, acostumbrado a jugar siempre con Mistral. Y Céfiro, que a menudo se sentía ignorado por ellos, ahora se burla de él a cada oportunidad: «¡Mistral te abandonó! ¡Se ha olvidado de ti!». Un día, harto de ese acoso, Siroco le planta cara, y se pelean. Cuando el profesorado los para, responden: «¡Sólo estábamos divirtiéndonos!». Desde entonces, para ellos, ese mismo lenguaje de golpes que aprendió Mistral tendrá un significado muy distinto.
Mistral y Siroco se reúnen al fin en navidades. Mistral, excitado de alegría, no puede evitar saludar con un fuerte puñetazo. Siroco, viendo en este gesto la ira de Céfiro, se siente traicionado, y llora. Por un rato, nadie comprende nada. Luego Mistral explica que no era su intención dañarlo, y se cuentan sus historias. Siroco lo acepta, pero no comparte esa forma de comunicarse: no se siente cómodo golpeando, ni siendo golpeado. Mistral lo acepta, pero está demasiado habituado al contacto físico: se le hace extraño prescindir de él. Hablan, y llegan a un acuerdo: los golpes en el hombro serán abrazos laterales, las palmaditas en la espalda caricias, los codazos toques en el brazo... Se disculpan y se abrazan afectuosamente.
Trata a los demás como ellos quieran ser tratados dentro de vuestras posibilidades.
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.