Nuestra cuenca de atracción


 (escrito para el concurso de minirelatos, con temática "domesticar", del 12/2020 del Discord Escritura y Lectura; 0 puntos de entre 19 participantes)


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Nuestra cuenca de atracción

Sékioz de Niafre
I
Observando la variación en la dirección de las miradas del público, era evidente que yo ya no era la cuenca de atracción del sistema dinámico de atención del escenario. Ni siquiera me hizo falta seguirlas hasta el cielo, pues sabía con exactitud qué estaba sucediendo: él lo hizo de nuevo, a pesar de mis reprimendas. Así que tomé raudo el paraguas a mi vera, y me protegí justo a tiempo de su estúpido experimento de química, con el cual él pretendía ilustrar mis «aburridas lecciones teóricas».
—Tras esta demostración, digna del Gordo y el Flaco —dije recalcando con fuerza «Gordo», en un vano intento de zaherirle, al tiempo que Gordon hacía una graciosa reverencia, manteniendo de continuo su sonrisa bobalicona—, confío comprendan los peligros que les esperan en el laboratorio, si no se andan con cuidado.
II
Las instalaciones eran la flor y nata de la colonia interplanetaria, y en nuestras visitas guiadas Frank el flaco siempre se vanagloriaba de la perfección de su réplica del estudio de Heimer:
—Aprecien, por favor, el pavimento textil; material auténtico proveniente de Terra.
—Pero, profesor, ¿no es ese suelo inconveniente para la experimentación, por la atracción electrostática que genera? —preguntó con timidez una alumna que apuntaba maneras, Bea, provocando un gruñido en Frank y una risilla en mí.
—Sí, bueno, no es casual que Heimer muriera tan joven; pero es gracias a su temeridad que hoy existe esta colonia.
—Aunque no deben olvidar, como advirtió Frank al inicio, que aquí y ahora la seguridad es lo primero —aclaré rápidamente, tras carraspear con sonoridad—. No tenemos porque repetir aquella tragedia: si nos tardamos un poco más en hacer un descubrimiento, comulgaran conmigo en que ese es un precio justo —concluí, aliviando el cuchicheo formado entre los estudiantes.
—Gracias, Gordon —admitió con sinceridad Frank, tras una mueca inicial de sorpresa, y una breve y tácita reflexión.
Supe que su respuesta era genuina al apreciar como se suavizaba su mirada, que me había estado vigilando con dureza durante toda la ruta, como buscando el momento adecuado para lanzarme un arpón y colgarme de trofeo. Quién sabe, quizá aun estemos a tiempo de ser buenos amigos; no en balde, apenas hace una semana que nos conocemos y hacemos estas visitas pre-inaugurales.
III
—... Por lo tanto, el destino de cada individuo es una cuenca de atracción del sistema. Pero como nos muestra Lorentz, nuestras decisiones del día a día, en apariencia insignificantes, pueden hacer que caigamos en una u otra. Así, el objetivo de este curso...
Mientras Gordon continuó, detallando el plan docente, yo permanecí palateando aquellas palabras, que habían causado una profunda impresión en mí. Y tan obnubilada estaba, que de repente me vi botar sobre mi asiento sin ni siquiera saber porqué, como si la realidad se me presentase laggeada.
Por lo visto, el bedel había entrado con un portazo, dirigiéndose angustiado a Gordon, y jadeando: «Frank... el reactor... está atrapado...». Aunque podría haberlo dejado en «Frank»: esa sola palabra bastó para activar un resorte invisible y automático en Gordon, lanzándolo directo en su auxilio. Yo, por el contrario, aún aturdida por el golpe, tardé bastante más en procesar la información: el bedel ya había anunciado el cese de la clase cuando mis músculos reaccionaron.
Por suerte, supongo, Gordon no era precisamente un atleta, y pude seguirle la pista con facilidad, a pesar de que aquellos pasillos eran aún nuevos para mí, y que lo perdí de vista por un instante en una encrucijada. Aun con todo, en última instancia llegamos a la sala a la vez, si bien él parecía ignorar por completo mi presencia.
Gordon inició entonces una intrincada serie de operaciones. Por supuesto que quería colaborar, pero la situación me superaba de largo. Y tampoco me atrevía a hacerme notar, o sugerirle mi ayuda, por temor a distraerle. La escena ya era lo suficiente tensa de por sí, sonando el reactor de fondo en un crescendo febril y contagioso. Aquello parecía el nacimiento del Dr. Manhattan...
Tras unos segundos eternos el siguiente mensaje emergió de la pantalla:
—Para confirmar la desactivación, introduzca la clave.
—21370427.
—Error. Para confirmar la desactivación, introduzca la clave.
—21370423.
—Error. Para confirmar la desactivación, introduzca la clave. Último intento.
Podía sentir en mi propio cuerpo el estrés de Gordon nublandole la memoria cuando lo vi: 2137-04-26, mi fecha de nacimiento.
—21370426 —grité.
—¿Qué? —preguntó Gordon, conmocionado.
—21370426 —repetí.
—¿Por qué, Bea? —jadeó, recuperando lo justo la compostura como para reconocerme, pero aún nervioso ante el mensaje «Último intento».
—Porque soy su hija.
—21370426.
El crescendo terminó... pero no el ruido: la reacción estaba demasiado avanzada, y el proceso no podía abortarse en su totalidad sino de forma manual. O al menos eso deduje cuando Gordon corrió hacia la compuerta, y aprovechando la inercia de su voluminoso cuerpo para hacer más fuerza, se balanceó con una gracilidad casi poética, cayendo al suelo al tiempo que liberaba a Frank, quien, golpeando la puerta del otro lado, caía irremediablemente sobre él.
Ya estaba suspirando de alivio cuando algo me enervó: ninguno de los dos se movía. Y antes de que pudiera acercarme a socorrerles, las luces se apagaron: quizá fuera el subidón de adrenalina aun viajando por mi sangre, pero aquella negrura total me aterró. Imagino que debió ser alguna especie de cortocircuito, a causa de la apertura forzada del reactor, porque los generadores de emergencia no tardaron en activarse.
Se encontraban ahora ambos de pie frente a mí, mirándose con complicidad. Ahí lo comprendí: porqué mi madre lo echó de casa cuando yo aún era un bebé, porqué me cambió de nombre, y porqué nunca me habló de él. Y si bien sigo reprochando a mi madre sus actos y su silencio, ahora puedo al menos entenderlos.

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