Hume: causalidad, gusto y moral

De la causalidad, el gusto y la moral en HumeHume: causalidad, gusto y moral2020-6-29 1a parte

Hume: causalidad, gusto y moral

Sékioz de Niafre
«¡Por la repetición, por la repetición se crea la mitología!»
Gombrowicz Ferdydurke 1937
Uno podría pensar ingenuamente que la crítica al principio de causalidad de Hume
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A Treatise of Human Nature 1740.
es su mayor traba a la hora de defender su propia ética y estética.
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Primeramente expuestas en ibídem, y expandidas respectivamente en An Enquiry Concerning the Principles of Morals 1751 y Of the Standard of Taste 1757.
Sin embargo, lo que me gustaría defender aquí es justamente lo contrario: que la primera justifica las segundas.
En efecto, es precisamente en su examen de la causalidad que pone de manifiesto que la costumbre origina, afianza y cambia nuestra percepción del mundo, nuestros gustos y morales, pues ella es una ley psicológica en nosotros mismos rigiendo ineludiblemente nuestros pensamientos y sentimientos. Obviamente, en tanto que representación interna nuestra, no tiene porque estar en biyección con la realidad física externa. Pero también obviamente, en tanto que base y fuerza moldeadora de nuestra manera de ser y percibir el mundo, deviene una parte fundamental de cualquier estudio que pueda hacerse de uno mismo y, en general, del ser humano y sus sociedades.
Veamos un ejemplo. Supongamos que yo tengo cierta animadversión hacia los perros a causa de algún trauma, o quizá incluso a cosas sobre las que ni siquiera haya tenido experiencia directa, ni mala ni buena, en cuyo caso lo más probable es que dicho prejuicio haya sido aprendido socialmente,
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Cf., e.g., Stephenson Cultural acquisition of a specific learned response among rhesus monkeys (1967) y Perry & Fragaszy The Biology of Traditions: Models and Evidence (2003).
o tenga un origen evolutivo.
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Cf., e.g., LoBue & DeLoache Detecting the Snake in the Grass: Attention to Fear-Relevant Stimuli by Adults and Young Children Psychological Science 19(3):284-9 (2008).
Entonces, aunque en ningún caso dicha repulsión me va a informar sobre la naturaleza del objeto mismo, sí lo va a hacer sobre la naturaleza personal, social o biológica de mi relación con él.
Más interesante aun, si quiero sobreponerme a dichos sentimientos y gestionarlos de otra manera, ora porque se oponen a mi sistema de creencias o a mi razón,
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E.g.: Los animales sufren igual que yo, y una mala experiencia con uno de ellos no implica maldad en todo su colectivo, luego mi odio y sus posibles (in)acciones asociadas no están justificadas.
ora porque me dificultan funcionar en sociedad,
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E.g., mi hipotética repulsión canina me haría evitar amistades con perros, o convivir con ellos.
puedo hacerlo vía terapias conductuales (e.g., de exposición), domando mis emociones mediante la costumbre.
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Por supuesto, esta no es la única manera; los diarios emocionales de las terapias de escritura dan buena cuenta de ello. De hecho, en BrainCraft The Emotions You’ve Never Heard Of (2019-2-16) se defiende que disponer de un mayor abanico de términos para describirlas —e.g., siguiendo Tiffany Watt Smith The Book of Human Emotions 2015— puede ayudarnos a lidiar con ellas.
Otra alternativa puede buscarse en el estoicismo o el cambio de «framing» (en el sentido de Tversky y Kahneman 1981).
No en balde, recordamos que si bien Hume afirma que los sentimientos preceden a la razón,
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Amparable en Petter Johansson Do you really know why you do what you do? TED 2018-3-6.
también defiende que podemos usar la segunda para reacomodar la primera,
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Lo que nuevamente recuerda al estoico.
como cuando racionalizamos los ruidos nocturnos en una casa vieja con el crujir de la madera y el correr del aire por la tuberías en lugar de saltar a la conclusión precipitada de: «¡fantasmas!».
Por otra parte, tampoco me vale descalificar la lógica de Hume diciendo que las emociones no son parte de la empiria, pues son de hecho una respuesta fisiológica directa,
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Cf. two-factor theory of emotion de Schachter y Singer (1962)
lo mismo que el olfato. Otro tema es si hay o no un juicio de por medio que moldea la interpretación de ésta, lo que en cualquier caso también afectaría al olfato.
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Cf. Gottfried & Dolan The Nose Smells What the Eye Sees: Crossmodal Visual Facilitation of Human Olfactory Perception Neron 39(2):375–86, 2003.

Hecha la defensa, ahora me gustaría criticarle cómo justifica que existan juicios estéticos y éticos universales.
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E.g., Auschwitz fue una monstruosidad, la Pietà de Miguel Ángel es hermosa.
Por una parte, me parece interesante su propuesta de que la raíz de todos ellos sea la empatía.
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Amparable en las neuronas espejos (1996).
Pero por otra, no concuerdo en que ésta sea suficiente para afirmar un realismo ético ni estético, ni en que por ende podamos descartar tan fácilmente las opiniones discordantes con los expertos,
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Quizá equiparables hoy con los influencers.
jueces últimos de dicha realidad objetiva, arguyendo que son sencillamente producto de la falta de educación sensible.
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No en balde, es un axioma en Peano que si dos sucesores son iguales, entonces lo son de un mismo número. En otras palabras, un mismo core (la empatía) puede divergir en sus expresiones a medida que nos alejamos más y más de dicho sentimiento y experiencia básica común.
De hecho, su perspectiva me parece muy peligrosa, pues impone una hegemonía de pensamiento que va de arriba a abajo, de dichas autoridades al resto de la población general,
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E.g., a través de las instituciones educativas, descontando posibles outsiders.
que las admira y toma como referencia, de modo que los juicios de los primeros se asumen como buenos por los segundos, y terminan permeando en las ideas y costumbres de toda la sociedad, dificultando el cambio (y, en potencia, el progreso), que sólo será posible cuando se alcance una masa crítica de disidentes en dichas altas esferas adoctrinantes.
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Aunque lejos de ideal, podría discutirse si esta no es ya una descripción bastante fiel de la realidad.
No obstante, creo que en Hume mismo hay un respuesta mucho más elegante, satisfactoria e incluso complementaria para la universalidad de ciertos juicios: estos pueden explicarse ya no por su consolidación mediante su continua repetición a través de un individuo particular, sino de toda una sociedad y la inercia de su historia. Y en contraposición a su realismo, no es que dicha repetición de la contemplación del arte me vaya a llevar necesariamente al consenso de los expertos, como pone de manifiesto el eurocentrismo del Canon Occidental, sino que esto sucederá (seguramente) si me expongo a las convenciones de sus recomendaciones, pues mi gusto probablemente se desarrollara de manera completamente diferente si decido experimentar otras tradiciones culturales, o incluso elementos undergroud de la historia de mi propia cultura.
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Los cuales, de hecho, a veces emergen a la categoría de canon cuando son redescubiertos y reivindicados como «olvidados por la historia» y «adelantados a su tiempo», expresiones que asumen un avance lineal sin retrocesos de la historia, en lugar de verla como una colección dispar de idiosincrasias evolucionando en todas direcciones.
Y es gracias a la contingencia que adquieren los juicios en esta nueva perspectiva, que la pluralidad y el cambio quedan legitimizados.
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¿A qué responde esta obsesión por el cambio? A que el estatismo del realismo derivado de la empatía, argumentablemente la mima que en tiempos de Sargón, implicaría haber permanecido en las sociedades de su tiempo, en un mundo más centralizado y menos plural, y que entiende al otro, a las civilizaciones vecinas, como a inferiores.
Por otra parte, cabría preguntarse lo siguiente: que la empatía sea el origen de todos nuestros juicios universales, ¿la legitima realmente?, ¿es la universalidad de ciertos juicios humanos (hasta día de hoy)
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Incluso aunque nadie en la historia hubiera nunca tildado honestamente a la Pietà de monstruosa, eso no significa que no vaya a ocurrir en el futuro, como ponen de manifiesto el grue y bleen de Nelson Goodman.
sinónimo de corrección? Por el contrario, más bien parece que subyace en dicha premisa una falacia naturalista: como es algo inherente y universal a toda la humanidad, algo propio de su naturaleza, entonces es bueno.
Aun así, si acepto sus premisas, defiendo su conclusión, pues cambiar de costumbres supone un esfuerzo tremendo: ¿a qué propósito obedecería éste?, ¿qué justifica salir de nuestra zona de confort, y pasar por el trauma de, gradualmente, mediante la repetición, cambiar de costumbres? Si admitimos, como Hume, que no hay razón que valga, ni imperativo ni nada, entonces la inercia, el ir acorde con las costumbres de mi entorno y seguir el path of least resistance, es lo mejor para mí y mi entorno en base a su criterio ético, que a su vez se sigue instintivamente de tomar nuestros sentimientos as a face-value.

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