Todo titulo ocurrente destriparía en mayor o menor medida esta alegoría
Compulsiones, lengua fuera, mandíbula desencajada, garganta seca, ojos
entornados... todo sobre un fondo blanco, nevado, frío, con unas gotitas de
sirope de fresa aún húmedas caídas del emparedado de algún viandante con
prisas que desayunaba al trote confundiéndose con el rojo sangre de mis
agrietadas manos. Desplomado y desplumado. Como en la peor americanada
concebible que al cerebro embota me imaginaba yo mientras me decía a
mí mismo lo necesario que sería habituarme a hacer algún deporte si no
quería verme en tal lamentable estado por un bastante previsible síncope.
¿La razón de la presente taquicardia? Aquello que eludo y que presumo
que en dosis menores y a medio plazo me reportaría el efecto contrario:
correr por las mañanas. ¿Por qué no bajo el ritmo, entonces? Mismo motivo,
ironías: conservar mi integridad, mi salud; salvar la vida. Estoy corriendo para
salvar la vida. ¿Y merece realmente la pena? Lo ignoro, ciertamente que lo
ignoro, aunque no creo que este sea el mejor momento para entrar en tales
disquisiciones existenciales, no tanto porque no me apetezca sino porque tengo el
cuerpo lleno de drogas endógenas tipo adrenalina, dopamina o endorfina;
no sería objetivo. ¡Pero si vas a palmar de todos modos si sigues cayendo
calle abajo como un puto condenado! Probablemente, pero ni te imaginas
lo persuasiva que es la inercia. Un momento... ¡claro que te lo imaginas!:
eres mi maldita doble personalidad, el porqué de tragarme cada mañana
pastillas con sabor a huevos podridos, ritual hoy no acontecido por obvios
motiv...
...un sable me atraviesa, una bala me golpea, un bate me revienta, un mordisco
me desmembra... la imagen de mi ex-profesor deslumbra fugazmente mi mente, así
como sus palabras: «no te pares de repente; si no puedes más, al menos camina lenta
y apaciguadamente». Pero me es imposible; por suerte, me es imposible. Ante mi
se extiende ahora un abismo que casi salto suicida por andar mirando mi
espalda a destiempo, temeroso y titubeante ante el inminente porvenir. Sin
embargo, esto no es lo más sorprendente: en el horizonte, el sol empieza
incomprensiblemente a ponerse; ¡el ocaso de madrugada, quien lo pensara! Y
todavía más extraño: en mi fuero interno tengo el total convencimiento de que
terminado éste, desapareciendo en las verdes aguas de las llanuras anheladas
ese rojo astro llameante, el abismo se cerrara y se unirán sus partes, como
si al no verlo por la ausencia de luz dejara de existir; «esse est percipi aut
percipere». Mas la inquietud me invade y derriba acuciante mis murallas de
contención, pues esto sucede muy lentamente, por lo que no puedo evitar
buscar con desespero una vía alterna por la que cruzar, hallando así a mi
derecha, camino arriba, un puente que se estrecha... ¡¿Que se estrecha?!
Mi asombro comienza a ceder al desconcierto, ahogándome en el pantano
de lo inverosímil, mientras mi angustia crece ante la plena consciencia de
que apostar por él sería como confiar en alguien que «jura por la voluble e
inconstante luna». Frustrado, me mantengo todo lo firme que puedo ante la
adversidad y noto como paulatinamente se me manifiesta aquello que viene a
llamarse...
...luz, luz, luz, luz, luz, luz... suena en mis sinestésicos ojos, monótono y
onomatopéyico cual manso mar y susurrante oleaje. Cada nuevo bramido deja tras
de sí una estela apenas visible un instante. Es la imagen del mundo escindido por mi
enfermedad. La imagen de un paso de peatones, semáforos y coches pasando. Es la
imagen de un breve momento de lucidez que me alivia mi paranoia, percatándome
así de la identidad ya olvidada de mi persecutor, aferrado casi con indiferencia
espeluznante a mi muñeca; de la ex-causa y origen primigenio, siempre ridículos y
disminuidos ante los aparatosos devaneos y esfuerzos por ellos provocados,
desmerecid...
...una ausencia me conmueve: el bello patrón ha muerto; ha sonado ya el último
«luz», un «luz» no seguido por ningún otro. En la linea del horizonte todavía brilla
un titilante rojo, mas me confío y me abalanzo sobre el regazo de las cebras para mí
dispuestas cual puente colgante. Me confío, digo, a una muerte segura. La muerte
de mi enemigo.
II
Caminaba con la confianza de aquel que llega pronto a su encuentro, por lo que
cuando se topó con un semáforo en rojo, el ultimo, no le importó esperar aun no
habiendo motivos para ello. Las calles vacías estaban y el aire silencioso se
presentaba, mas él estoico aguardaba; el tiempo le sobraba. Y del reloj roto poco a
poco manó hasta que, preocupándose ligeramente por el devenir de los
acontecimientos, empezó a plantearse la posibilidad de cruzar bajo la atenta mirada
del rojo ojo. Mas éste, reaccionando cual espejo, se tambaleo igualmente hasta
quebrar en verde. Esto le supuso, y así mismo repuso, su tranquilidad. No obstante,
quiso ésta ser breve para mantenerse educada, y no tardo en marcharse tan pronto
vio como comenzaron entonces a aparecer y cruzar los coches por el barrizal. No
hubo concierto aquella noche para él; las portentosas puertas de la Ley lo
habían vetado por el retraso en pos de una nueva, fulgurante y ajena carrera.
Nota. Los títulos en los que había pensado originalmente eran: epifanía llegando a la uni (por "epifanía saliendo del metro") o semaforofobia (cf. "ficciones").
Comentarios
Publicar un comentario
El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.