Como en un espejo (Bergman, 1961)
─Usted debe ir al médico.
─No necesito que usted me lo diga para
saber que estoy enfermo, aunque ignoro de qué enfermedad. Sin
embargo, yo creo que mi conducta es cinco veces más normal que la de
usted. Mi pregunta no ha sido si usted cree que pueden verse
apariciones, sino si opina que las apariciones existen.
─No, de ningún modo puedo creer eso ─dijo Raskolnikof con cierta irritación.
─La gente ─murmuró Svidrigailof como
si hablara consigo mismo, inclinando la cabeza y mirando de reojo─ suele decir: «Estás enfermo. Por lo tanto, todo eso que ves son
alucinaciones.» Esto no es razonar con lógica rigurosa. Admito que
las apariciones sólo las vean los enfermos; pero esto sólo
demuestra que hay que estar enfermo para verlas,no que las
apariciones no existan.
─Estoy seguro de que no existen ─exclamó Raskolnikof con energía.
─¿Usted cree?
Observó al joven largamente. Después
siguió diciendo:
Bien, pero no me negará usted que se
puede razonar como yo voy a hacerlo... Le ruego que me ayude... Las
apariciones son algo así como fragmentos de otros mundos..., sus
ambiciones. Un hombre sano no tiene motivo alguno para verlas, ya que
es, ante todo, un hombre terrestre, es decir, material. Por lo tanto,
sólo debe vivir para participar en el orden de la vida de aquí
abajo. Pero, apenas se pone enfermo, apenas empieza a alterarse el
orden normal, terrestre, de su organismo, la posible acción de otro
mundo comienza a manifestarse en él, y a medida que se agrava su
enfermedad, las relaciones con ese otro mundo se van estrechando,
progresión que continúa hasta que la muerte le permite entrar de
lleno en él. Si usted cree en una vida futura, nada le impide
admitir este razonamiento.
─Yo no creo en la vida futura ─replicó
Raskolnikof.
Svidrigailof estaba ensimismado.
─¿Y si no hubiera allí más que
arañas y otras cosas parecidas? ─preguntó de pronto.
«Está loco», pensó Raskolnikof.
─Nos imaginamos la eternidad ─continuó
Svidrigailof─ como algo inmenso e inconcebible. Pero ¿por qué ha de
ser así necesariamente? ¿Y si, en vez de esto, fuera un cuchitril,
uno de esos cuartos de baño lugareños, ennegrecidos por el humo y
con telas de araña en todos los rincones? Le confieso que así me la
imagino yo a veces.
Raskolnikof experimentó una sensación
de malestar.
─¿Es posible que no haya sabido usted
concebir una imagen más justa, más consoladora? ─preguntó.
─¿Más justa? ¡Quién sabe si mi
punto de vista es el verdadero! Si dependiera de mí, ya me las
compondría yo para que lo fuera ─respondió Svidrigailof con una
vaga sonrisa.
Ante esta absurda respuesta,
Raskolnikof se estremeció, Svidrigailof levantó la cabeza, le miró
fijamente y se echó a reír.
Dostoyevski, Crimen y castigo,
IV.1, fragmento.
La misma idea (quizá más implícita, menos desarrollada/verbalizada, más fabulada) se reencuentra en Los hermanos Karamazov, VI.2.a. En un momento dado se puede leer «─Es tu enfermedad, hijo mío, lo que te hace hablar de esta manera [ie, como a un "creyente" ─en el sentido hippie de la palabra─ tras una época de ateísmo/cinismo].»
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.