Tres filósofos y un cuadro
Al girar la esquina, doña Sorpresa
vino a mi encuentro, haciéndome parar en seco y obstaculizando el
paso, por ende, al resto de individuos, que fueron agolpándose
paulatinamente a mi espalda. Ante mi, otra pequeña multitud fluía
grácil como un río de modo inversamente proporcional a la anterior,
de modo que por cada ser que escapaba de aquella gruta, uno más se
unía a la cola que se estaba formando tras de mi, cual si se
tratase, en efecto, de una extensión de mi columna vertebral,
orgánica y retráctil, subyugada a la voluntad de mi coxis, siendo
yo, así razonando, el coxis desprendido de un ahora adelantado
humano, que renegaba de esta manera, tal vez, de sus orígenes, de
sus vestigios primitivos y arcaizantes.
Aprovechando esa separación
propiciada por mi demora, ladee ligeramente la cabeza para intentar
ver el final del pasillo: en el horizonte, alguien abandonaba su
sombrero antes de emerger a la superficie, e, instintivamente, cual
acto reflejo, me pase la mano por la cabeza, no hallando en ella
nada; ni tan siquiera un solo cabello o brizna del mismo. A
continuación, el siguiente de la fila se desprendió de sus gafas, y
miméticamente baje mis manos hasta mis ojos, dos cuencas limpiamente
vaciadas. Y estas prosiguieron bajando e inútilmente buscando a
medida que la gente iba pasando, mas parecía que yo me hallaba
desprendido de todo objeto inerte y/o susceptible de ser despojado,
que sobre mi cuerpo no colgaban, no se aferraban a él, cadáveres o
partes; como si no fuera por ellos deseado, como
si no quisieran sujetarme cual sujeto, como
si me hiciesen el vacío, como si no existiese más allá de mi
propia consciencia. Y a medida que iba palpando mi cuerpo desnudo y
desamparado a la intemperie diaria, broto de mi seno el deseo
angustiante de la autobservación, esto es, quise, aunque no pude ni
supe como, verme desde afuera; mas ningún espejo del mundo, ninguna
pupila reflectante, hubiese dado una imagen fiel de mi persona... una
persona que se sentía figura de barro... no, de frágil, moldeable y
quebradizo barro no, de acero: frío, inmóvil, inmutable, compacto,
homogéneo, liso, continuo, uniforme, uno, conexo, indesprendible...
Y mientras tanto, aquel hilo de vida
fluctuante y opuesto a esa descripción seguía desapareciendo al
final del camino, ascendiendo como el humo, siempre disminuidos,
diluidos, diseminados, fragmentados, ausentes, incompletos,... tras
ellos quedaban en el olvido una orgía de recuerdos: ora una camisa,
ora un pitillo juguetón entre los dedos, ora un libro con las letras
“Hesse”, ora unos zapatos de pies descalzos, ora un
escupitajo...¡un escupitajo! El corazón me golpeo con fuerza,
empujándome a probarlo... y sí, lo probé... nada más, sólo lo
probé... probé ha abrir mi reseca y sedienta boca, mas mis labios
se hallaban fuertemente sellados por la sed y la calor, al no
haberlos abierto ya por demasiado tiempo, adheridos, restando
pesadamente uno sobre otro, pálidos, muertos.
Finalmente, y como era previsible de un
tumulto precipitado con rutinas vertiginosas, mi cola se retrajo
sobre sí misma, cual si se tratase del aguijón de un escorpión,
apuntando a su propio abdomen, yo, y comenzó ha protestar por mi
quietud, y tuve entonces que avanzar mientras observaba como el
tiempo se acortaba sin saber muy bien que haría al llegar frente al
rebosante, cual pozo infinito, basurero-papelera. Los granos de arena
caían del gran reloj central, y la gravedad no se invertía, y no
retrocedían los minutos de arena hacia arriba, y no se iniciaba mi
vuelo salvador. A medida que avanzaba bajo el peso de una muchedumbre
que, en su conjunto, se me antojaba tan homogénea como yo mismo, me
pregunte si no estarían ellos en la misma situación que yo, y
quise, pues, interrogarles, pero... ya era tarde. Me sentí atrapado
en una parábola kafkiana.
Al
punto, noté una fuerte presión que me obligo a detenerme; casi cedo
ante su brusquedad. Era como si la constante gravitacional aumentara
en el exterior, de modo que debía desprenderme de algún peso muerto
si pretendía sobrevivir allá afuera. Tras unos momento de
indecisión, intente en vano arrancarme un dedo, un brazo, una parte
cualquiera de mi cuerpo... mas no pude...mis atributos propios del
arjé incorruptible de Parménides no me lo permitían. Así,
desesperado, no se me ocurrió otra cosa que conjurar ingenua,
sucinta y calladamente a mi alma colocando sobre mi pecho descubierto
mi palma abierta, cerrándola luego repentinamente, y arrancándola
entonces de mi cuerpo, arrojándola sobre el resto de inmunice. Mi
cuerpo se desplomo en el acto, liberado de mi alma... o quizá
debería decir que mi alma se libero de mi cuerpo cual mariposa que
nace de su capullo. Lo ignoro. Yo no he vuelto a saber de ninguna de
las dos. Supongo que esta era una de esas muchas falsas
dicotomías humanas. Cosas que pasan.
PS:
mientras lo escribía me ha venido a la mente ¿ficciones?
A veces pienso que debo de estar verdaderamente chiflado para tener
semejantes “revelaciones” a partir de hechos más o menos
cotidianos, concretos y breves. Aunque en el fondo, en estos casos,
me limito a describir una imagen que se me ha presentado nítida en
mi mente, una secuencia (¿sera por la influencia del cine y su
carácter eminentemente visual? Personalmente, nunca me han gustado
esos textos costumbristas descriptivos hasta la extenuación; se me
antojan un tanto vacuos) densa de significados y de apenas unos pocos
segundos que me dedico a explicitar y contextualizar (con sus
consecuentes y no esperados añadidos) con tal de hacerlos
comprensibles, alargándose notablemente respecto a esos susodichos
pocos segundos. Para los onironautas, es un poco como bucear en un
sueño, cuando estas procurando recordarlo.
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.