Algunas consideraciones sobre a qué llamar amor (o apología a la soledad)
Nam sine doctrina vita est
quasi mortis imago
(Sin la ciencia, la vida es
casi una imagen de la muerte)
La gente suele cometer el error de
creer que el amor sólo puede ser sentido entre humanos. Este error
unido al tópico “¿que placer tiene la vida sin amor?” les lleva
a despreciar -o, a lo sumo, intentar “evangelizar”, llevar al
“buen” bando- a aquellos que rehuyen todo contacto interpersonal
o social, convencerles de su error. Una sociedad así necesariamente
desprecia las torres de marfil y los en ella recluidos, llamándoles
“enajenados” y acusándoles de huir de la “autentica”-agraciado
pueblo, conocedor de todas las verdades y ajeno a todas las dudas-
realidad, cuando la vida cotidiana acostumbra, ellos mismos lo
afirman hasta la saciedad-desde Marx hasta la posmodernidad pasando
por una mediatizado sentimiento de rebelión, catalizado con
productos como “el club de la lucha” o "V de vendetta",
que muestra que, en efecto, rebelarse vende ¡estúpidas protestas
vacías! “El activista se moviliza contra la catástrofe, pero en
el fondo no hace más que prolongarla, porque no se detiene a pensar
cómo hacer mundos habitables”-, a ser mucho más alienante, más
dispersa y rutinaria, menos concentrada y focalizada. Esta peyorativa
y masiva actitud frente al evadido puede llevarle a autoinculparse1,
más allá de que este fuera o no el efecto deseado o buscado por esa
sociedad mediante su desprecio.
Pero... ¿es realmente legitima esa
critica del pueblo al solitario, al “enemigo del pueblo”, o es
producto del rencor, (del rencor tal y como lo entendía Nietzsche,
expresado por ejemplo en su genealogía de la moral)?: el pueblo; la
gente que es incapaz de prescindir de la gente; la gente que vive de
y con y para la gente; la gente que precisa, cual adicta, sentirse
útil y necesitada para con la otra gente, que actúa sólo buscando
el elogio y el reconocimiento en los demás2;
la gente que sufre por amar a otra gente, gente que ha de morir o que
no ha de responder ni corresponder a ese amor; la gente-erizo que no
puede acercarse demasiado, aun queriendo, a la otra gente, para no
hacerles daño;... esa gente que aclama que no hay amor sin dolor,
que todo amor sera acompañado posteriormente de dolor y, por ende,
rencorosa, considera que un amor cuyo objeto de deseo no produce -o
no puede producir, creen- dolor, no es amor; gente que considera por
ello mismo que un amor no interactivo -ellos dicen muerto- o no
concreto -ellos dicen banal- no merece, no es digno de, calificarse
de amor; gente que no conoce la etimología de la palabra filo-sofía.
Asquerosa sociedad esta, que rinde culto al dolor3
y al sacrificio, al esfuerzo de la hormiga contra la genialidad de la
cigarra4,
y que no quiere ceder ante esta, ni admitir tales paraísos, inocuos
pero plácidos.
¿Que es el amor? Una pasión o un
sentimiento obsesivo, algo irracional por lo que no te importaría
vivir y morir, y que aunque no te impida apreciar el resto de
entidades no amadas, ciertamente crea una cierta “diglosia” y
preponderancia entre los objetos por esta beneficiados (en los defectos ve virtudes: tozudo->constante, iracundo->vehemente,...) y los que no.
De este modo, no dejare de comer -o incluso de apreciar una buena
comida- por el hecho de estar prendido y pendiente de alguna otra
cosa, aunque es probable que en ese trance me olvide de comer por más
horas de las que debería -¡un momento! ¿Eso no es lo que le sucede
a todo gamer o escritor o, en fin, toda persona concentrada y
ensimismada en alguna actividad? ¡sacrilegio!-. Pero pongamos un
ejemplo más clásico, recordando el banquete de Platón: no te
confundas: no dejare de serte infiel en carne si lo que amo es tu
alma.
¿Y qué ama, entonces, el solitario?
¡Ja! Sera que no hay actividades posibles, etnocéntrico...
Pongamos, pues, uno de mil ejemplos. Yo amo -lo que no excluye
poligamia: Chejov estaba casado con la medicina y se lo hacia a
escondidas con la literatura, nos comenta- el pensamiento y la razón,
el análisis detallado. En consecuencia, odio a la falacia y el
misticismo barato, la aseveración categórica y sin dudas -aun
encima, apasionada- que ni tan siquiera existe en la matemática (de
otro modo no habría tantos problemas y posturas a la hora de
fundamentarla, o no habría un continuo avance en esta ciencia que
parece crecer sin fin -un ejemplo bastante actual de nacimiento de
una nueva e importante teoría es la de topos,
que reconciliaría a Hilbert con el intuicionismo si aún estuviese
vivo-, revisitandose continuamente sus conceptos, estrechándose su
relación), odio, digo, los símbolos gregarios y los lugares comunes
y repetidos una y otra vez sin tino ni juicio ni análisis ni nada
bajo los cuales algunos se esconden para no tener que pensar por sí
mismos, sólo perpetuados por el puro y estúpido automatismo
-olvidando así el concepto en el logo-, como si fueran, los humanos,
maquinas ensambladoras (manuales
o automáticas)
o marionetas atadas a sus pasadas experiencias, incapaces de
distanciarse de ellas y actuar sin influencias (algo ciertamente
imposible, después de todo; pero tampoco es necesario irse a esos
extremos para captar la atroz realidad, el exceso de consensos
arbitrarios y preconcepciones varias). Me repugna el reduccionismo:
puedo comprender -y, de hecho, exijo- el uso -correcto/estándar5-
de las etiquetas, para facilitar la navegación en un mundo rebosante
de información, pero siempre yendo estas seguidas del discurso
correspondiente y particular, de la opinión personal y diferencial
al respecto o, si más no, anclándose en la exposición de un
tercero, el cual le ha llevado a consolidar y cristalizar su
pensamiento en esa palabra/etiqueta; no en vano, no por ser reduccionistas
se deja de titular una obra6. Me crispa la ambigüedad ajena
cuando esta no se toma como un juego, o cuando se cree precisa. Me
enloquece que dos personas digan lo mismo y se consideren diferentes.
Por todo ello, defenderé con
vehemencia ese amor7
y lo preferiré a lo que tú juzgues mejor; lo pongo aprueba, queda
esto manifiesto, en cada discusión enfermiza que tengo. Déjame
hacer a mi manera, entonces, puesto que lo que tú deseas en el fondo
para mi, es justamente lo que tú no deseas en la forma para mi.
¿Que es el amor, en fin? Una bomba
química que produce nuestro cerebro para instarnos inconsciente,
freaticamente, a perpetuar la especie, ya que la razón por sí sola
no lo hará. Ahora bien, ¿esa bomba química es producida solo, y
únicamente solo, mediante el contacto humano? Negada esa biyección,
nada ampara vuestro discurso, pueblo. Dejadme solo, pues.
![]() |
| Extraido de XKCD en español |
Dedicado encarecidamente a
mi madre
Notas al pie
1Hace
poco vi Evangelion, sí. Como su propio creador comentaba, es
sorprendente el éxito que ha tenido la serie, con tan enfermizos
personajes.
2A
propósito, sobre esta gente, ¿qué es más arrogante? ¿el débil
prescindible que actúa bajo el arquetipo de la arrogancia e
intenta/quiere siempre participar en todo para sentirse necesario, o
el fuerte imprescindible que en lugar de ofrecerse directamente
espera a que le pidan ayuda, simbolizando el arquetipo de la
humildad? Sí, este ejemplo también se inspira en Evangelion. ¿Que
no les gustan las referencias a la cultura popular y prefieren que
apele a las cultas, al gentilhombre de Moliere? Pues vale, ¿acaso
no es hipócrita hacer algo -encima pagando- sólo por ser elogiado,
sin ser ese el gusto propio?
De verdad, no entiendo porque el individuo se
somete de esa manera, y aun encima voluntariamente, a la opinión
ajena, ¿en serio puede ser tan placentera la dependencia
masoquista? Entiendo que uno prefiera gustar, pero... ¿hasta el
punto de actuar sólo para ello? ¿No nos basta reconocer por
nosotros mismos nuestra valía? ¿Acaso creemos (más) objetiva la
opinión ajena? Je, en verdad Invitáis a un testigo cuando
queréis hablar bien de vosotros mismos; y una vez que lo habéis
seducido a pensar bien de vosotros, también vosotros mismos pensáis
bien de vosotros. (Nietzsche, Así hablo Zaratustra, I, del amor
al prójimo)
3cf.
Del
enajenado y el cambio, epilogo, segundo párrafo
4En
este sentido me parece muy reveladora la transvaloración que hizo
Santigo Rusiñol de esa fabula. Por desgracia, no la he encontrado.
5Este
es un punto importante y a la vez controvertido. Ya mantuve una
acalorada “conversación”
con HelenaHachechan
(Ctrl+F: MSC9497) hace poco al respecto, por lo que no voy a
repetirme. Añado ahora, eso sí, y apelando a Wittgenstein, que
como el lenguaje privado es imposible, necesariamente, y con el
tiempo, se ha ido forjando un significado asociado a las palabras
mayoritario/consensuado (que podríamos considerar estándar y que,
es cierto, va variando lenta pero progresivamente con el tiempo).
Por supuesto,
esto no debería impedirnos volver sobre la definición de algún
termino, pero creo que, por cuestiones
de eficiencia, eso debería hacerse solo si observamos alguna
incongruencia, como por ejemplo llegar a conclusiones diferentes
mediante un mismo razonamiento (motivo por el cual, cuando mis
discusiones llegan a cierto punto, suelo exigir definiciones, ya que
mi conceptología suele diferir de la habitual).
Concretando
aún más, imaginemos ahora que una madre dice que su hija no
estudia apelando a las palabras de la propia niña. Pero es que
resulta que la niña considera que atender a clase, hacer los
deberes, o discutir cuestiones controvertidas relacionadas con lo
explicado, no es estudiar (sino que reserva este termino para las
relecturas, la elaboración de esquemas y resúmenes, etc.), cuando
en realidad estos actos son importantes en la consolidación de
información y aprendizaje. Seria el colmo, pues, que vistos ahora
los cimientos, siguiésemos remitiéndonos a la palabra y obviásemos
sus entrañas, y que el “no estudio” de la niña derivase en un
“no estudia” de la madre. Aun así, cabría recordar o dar la
razón al Nietzsche que grita: La consolidación de
verdades y mentiras es fruto de la comodidad verbal, cuando nos
cansamos de pensar colocamos una palabra.
6Quiero remarcar la importancia del discurso con un ejemplo. Decir, como se ha dicho, que esta, la mía, es la generación llavero, la generación yo, o la generación Einstein, es decir poco y confuso. En cambio, si nos remitimos a los argumentos que han llevado al sociólogo a sintetizar los hechos con ese lema más comercial, veremos que todas esas posturas concurren y se solapan, y que sólo en las interpretaciones posteriores y ¿personales? divergen.
6Quiero remarcar la importancia del discurso con un ejemplo. Decir, como se ha dicho, que esta, la mía, es la generación llavero, la generación yo, o la generación Einstein, es decir poco y confuso. En cambio, si nos remitimos a los argumentos que han llevado al sociólogo a sintetizar los hechos con ese lema más comercial, veremos que todas esas posturas concurren y se solapan, y que sólo en las interpretaciones posteriores y ¿personales? divergen.
7Esencialmente
bien podría decirse que estoy hecho todo un Sócrates, puesto que a
menudo discuto no
porque tenga una verdad que ofrecer, sino porque considero
horrendo hacer pasar por tal a algo que claramente no lo es, o que
dista mucho de ser evidente.

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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.