El contrato social, Rousseau y La colina de Watership
Las
ciencias, las letras y las artes, menos despóticas y más potentes
acaso,
tienden guirnaldas de flores sobre las cadenas de hierro de
que están cargados,
sofocan en ellos el sentimiento de esa libertad
original para la que parecían haber nacido
Rousseau, Discurso sobre las ciencias y las artes
—¿La madriguera? ¿Vais a la
madriguera? ¡Sois unos estúpidos! ¡La madriguera
sólo es un
agujero mortal! ¡Ese lugar es un asqueroso antro de elil! ¡Una
trampa, por
doquier y cada día! Eso lo explica todo, todo lo
sucedido desde que vinimos aquí.
Se quedó inmóvil y sus palabras
parecieron arrastrarse bajo la luz del sol, sobre la
hierba.
—Escucha, Diente de León. Te gustan
las historias, ¿verdad? Te contaré una, una
que haría llorar a
El-ahrairah. Érase una vez una bonita madriguera en el lindero de
un
bosque, una madriguera que miraba hacia los prados de una granja.
Era grande y
albergaba a muchos conejos. Entonces, un día, llegó
la ceguera blanca y los conejos
enfermaron y murieron. Pero algunos
sobrevivieron, como suele suceder. La
madriguera quedó casi vacía.
Un día el granjero pensó: «Podría aumentar esos conejos,
hacerlos parte de mi granja... su carne, su pelaje. ¿Por qué habría
de molestarme en
tenerlos en jaulas? Ya están bien donde están.»
Empezó a disparar contra todos los elil:
lendri, homba, comadrejas,
lechuzas. Sacaba comida para los conejos, pero no la ponía
demasiado cerca de la madriguera. De este modo tuvieron que
acostumbrarse a
transitar por los campos y el bosque. Y entonces les
puso trampas, no demasiadas, sólo
las imprescindibles, pues no
quería ahuyentarlos ni destruir la madriguera. Los
conejos se
hicieron grandes, fuertes y sanos, porque se preocupó de que
tuvieran lo
mejor de todo, especialmente en invierno, y no había
nada que temieran, excepto el
nudo corredizo del seto y del sendero
del bosque. Así, vivían como él quería que
vivieran y siempre
había algunos que desaparecían. Los conejos se volvieron extraños,
diferentes de otros conejos. Sabían muy bien lo que sucedía, pero
incluso entre ellos
simulaban que todo iba bien, porque la comida
era buena, estaban protegidos y no
tenían nada que temer salvo una
cosa, y esa cosa sólo atacaba de vez en cuando, y
nunca a
demasiados a la vez a fin de no ahuyentarlos. Olvidaron las
costumbres de los
conejos salvajes. Olvidaron a El-ahrairah porque,
¿de qué les servían los trucos y la
astucia viviendo en la
madriguera del enemigo y pagando el precio que éste les pedía?
Descubrieron otras maravillosas artes para sustituir a trucos y
leyendas. Danzaban en
una salutación ceremoniosa. Cantaban como los
pájaros y dibujaban figuras en las
paredes; y aunque esto no podía
ayudarles en nada, pasaban el tiempo y les permitía
considerarse
tipos estupendos, la flor y nata de la raza conejil, más listos que
las
urracas. No tenían ningún Conejo Jefe, no, porque ¿cómo iban
a tenerlo? Porque un
Conejo Jefe debe ser El-ahrairah para su
madriguera y guardarlos de la muerte: y aquí
sólo había una
muerte, ¿y qué Conejo Jefe hubiera podido encontrar solución a
semejante problema? En su lugar, Frith les enviaba extraños
cantores, hermosos y
enfermizos como agallas de roble, como acericos
de petirrojos en el escaramujo. Y
como no podían soportar la
verdad, estos cantores, que en otro lugar podrían haber
sido
sabios, se sentían oprimidos por el terrible peso del secreto de la
madriguera hasta
que escupían delicadas locuras... sobre dignidad y
aquiescencia y cualquier otra cosa
que pudiera hacer creer que el
conejo amaba el alambre brillante. Pero tenían, eso sí,
una regla
estricta; oh, sí, la más estricta. Nadie debía preguntar nunca el
paradero de
otro conejo y quienquiera que preguntase «¿dónde?»,
salvo en una canción o en un
poema, debía ser silenciado. Decir
«¿dónde?» era malo, pero hablar abiertamente de
los alambres era
intolerable. Por eso arañarían y matarían.
Calló. Nadie se movió. Entonces, en
medio del silencio, Pelucón se levantó,
tambaleándose, vaciló un
momento, dio unos pasos inseguros en dirección a Quinto y
cayó de
nuevo. Quinto hizo caso omiso de él, pero miró uno por uno a los
otros
conejos. Luego empezó a hablar otra vez.
—Y entonces llegamos nosotros, por
la noche, a través del brezal. Conejos salvajes,
que hacían
agujeros en el valle. Los conejos de la madriguera no aparecieron .
Necesitaban reflexionar sobre lo que convenía hacer. Pero no
tardaron en encontrar la
solución. Traernos a la conejera y no
decir nada. ¿No lo veis? El granjero sólo tiende
algunas trampas
cada vez y, si un conejo muere, los otros vivirán más tiempo.
Zarzamora, tú sugeriste que Avellano les contara nuestras aventuras,
pero no cayó
bien, ¿verdad? ¿Quién quiere oír sobre hechos
valerosos cuando está avergonzado de
los propios y a quién gusta
un cuento sincero relatado por alguien a quien está
engañando?
¿Queréis que continúe? Os aseguro que todo lo sucedido aquí
encaja
como una abeja en una dedalera. ¿Y decís que los matemos y
nos quedemos con la
gran madriguera? ¡Nos quedaremos con un techo
de huesos, colgados de alambres
brillantes! ¡Nos quedaremos con el
sufrimiento y la muerte!
Extracto de La colina de Watership, de Richard Adams, capitulo 17
El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado
Rousseau
Advertencia: el titulo se refiere al concepto de contrato social, no a la obra homónima de Rousseau.
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.