Profecía autocumplida
Sabia que desde el mismo momento que
pusiera los pies en el suelo, se sucederían una serie de
acontecimientos que convertirían al día de hoy en algo ingrato. Lo
sabía y lo se porque el simple hecho de creerlo lo incita y,
completamente ajeno a la fecha vigente, quería comprobarlo
empíricamente en mis carnes.
Por ello preferí exprimir cada
segundo de “noche” para dormir aunque no tuviese sueño,
permaneciendo en el lecho como resguardo a lo poco alentador de esa
nueva jornada. Me revolvía así sobre el edredón con una cierta
incomodidad, cual si fuese una serpientes gigante y constrictor.
Incluso comenzaba a acalorarme en tan enzarzada batalla mientras me
embebía en breves destellos oníricos que se entremezclaban con los
retazos de mi imaginación.
Aunque no era agradable, sino casi
asfixiante y pesadillesco, me resistí por mucho de ese pantanoso
tiempo a levantarme. Mas finalmente la luz encendí y el reloj mire,
viendo en aquel desesperado intento de permanecer en el descanso una
contrapartida evidente, un absurdo abrumador.
Sabía que ya debía ser la hora
porque a fuerza de costumbre solía despertarme algo antes de que
sonara la radio. O eso creía que sabía, ya que debido a mi falta de
resignación ante la idea de abrir los ojos a ese recién nacido
día-por cuanto en tanto yo siempre he considerado que un día
comienza y acaba cuando yo abro y cierro los ojos, creyendo demasiado
arbitrario, influenciado por Carroll,
otro criterio-, había perdido el tiempo enmarañadondome entre las
agobiantes sabanas, desgastándome más que reconfortandome.
Efectivamente, la alarma estaba desactivada... me había “dormido”
esperando una alarma que no debía sonar...me sentí Kafka
ante la ley; no dormí la “noche” sino el día.
De este modo, cuando llegase al aula,
el examen habría terminado y yo tendría que cursar un quinto año
de carrera solo por esa asignatura, solo por ese absurdo vasallaje a
la causa-efecto, despertador-levantar, costumbre-alienante.
Tampoco podría cumplir mi promesa:
“hagamoslo más emotivo. Si no me ves el día del examen, es que
habré tomado la decisión que temes”.Para colmo, había vuelto la
espalda a mi familia al negarme a ir al funeral de su miembro más
querido por este examen, y tendría que atender también a sus
consecuencias.
Pero, sin duda, esas trivialidades, y
otras que ignoro por ser aún más intrascendentes para mi ya que ni
siquiera hacían malgastar mi tiempo, no eran lo peor. Las cuento
porque el habito las hace distinguidas y sonoriza la velada con tonos
melancólicos y casi fatales, aunque lo atonal de mis gustos las
desmerezca.
En verdad, lo que realmente me parte
el alma y me duele tener que recordar mientras lo escribo y hago con
ello liberar en mi cerebro hormonas que reforzaran mi pesar, es que,
después de muchos años, por pereza o sin quererlo, no distinguiendo
cuales de mis visiones eran vigilia o sueño, he quebrado hoy la
vieja costumbre de no mearme en la cama.
La diferencia entre
mearse en sueños de joven y de viejo,
es que este ultimo no
hace nada por evitarlo.
Sekioz
NOTA: Este relato se añade a "¿tú aún puedes dormir?", justo antes del epilogo. Inspirado en la estructura de "del enajenado y el cambio" (pronto estará listo, espero), los cuatro relatos del compendio se titularan: mea antes, acuéstate, duerme, despierta, lo que le da bastante más cohesión al conjunto, creo, y lo hace más irónico. Así, los títulos originales pasarán a ser subtitulos. Además, la nota del epilogo junto a este relato, opino, dan pie de manera más natural a la segunda parte de la saga: territorios kafkianos.
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.