LEA ANTES DE MORIR
(inspirado en el relato de Frederic Brown, "no mire atras";
1r premio st. jordi btx prosa del IES Sant Andreu 2010)
NOTA: "letras escritas en sangre" se inicia con este mismo relato y lo continua de una manera, si más no, peculiar. Por tanto, este post es desechable.
Usted va a morir... y no
espere como continuación una explicación trascendental y
existencialista de que todos morimos tarde o temprano, de que nos
hallamos en un estado de putrefacción continua, o de que no somos
más que autómatas, cadáveres ambulantes, una morgue en movimiento.
Oh, no, usted fallecerá en breves instantes, tan pronto como acabe
este relato, y lo único que le salvara será terminar tajantemente
con esta inconclusa lectura que le corroerá perennemente en la
conciencia con sus ácidos barnices, ya que me niego a verter la
sangre lóbrega de sus arterias sin antes explicarme; mas se
perfectamente que el placer malsano de reseguir con sus perturbados,
escépticos y desafiantes ojos estas letras de sabor agridulce usted
es incapaz de abandonar.
No se preocupe por el
verdadero participante al certamen -si es que esta carta llega
efectivamente a donde pretende; de otro modo, rece...rece porque
exista un Dios que pueda ampararle en su seno, porque no por ello voy
yo a refrenar mi cometido-; simplemente añadí esta confesión a su
sobre en un mero despiste suyo, aunque bien podría haberme deshecho
de su contribución con un directo y sutil intercambio, ya que su
obra era verdaderamente pésima, una burda imitación, bruna y banal,
marrón como la putrefacta esencia final del ser humano y de su
denigrante carácter.
Y ahora, acomódese y lea
este, su ultimo relato. Ah, y no se moleste en corregir sus
innumerables errores ortográficos; yo me encargare al finalizar su
lectura de arrojar la lava hirviente de su yugular sobre el
documento. Y ya sí, espero amablemente su deleite antes de que mi
acero precipite su fluido sobre su cuello marcado por los años.
Disfrute...:
«-Federico,
no me quites este libro, ¿me oyes, Fed?; el de Lewis Carroll- gritó
desde una punta de la casa hasta la otra, una voz preocupada.
-Ya lo hice, tú me lo
pediste- se pronunció con igual intensidad, en sentido opuesto.
-No te oigo-se respondió
con voz clara y alta.
-Yo a ti tampoco- se espetó
con desdén y sarcasmo.
-Que no te oigo- se repitió
con ínfima angustia.
-Me alegra mucho
saberlo-susurró entre dientes esbozando una sonrisa irónica.
Tras apagar la televisión,
reitero la primera sentencia el primer interlocutor, a lo que el
segundo prosiguió con la consiguiente, y en esto ella continúo:
-No,
el Tratado
elemental sobre determinantes -
dijo cual trabalenguas mientras su memoria lo desmenuzaba silaba a
silaba- no, no entendía nada; me refiero al otro del mismo autor,
los de Alicia.
-Tú me pediste todos sus
escritos-se excuso con petulancia, sintiéndose, como pretendía,
Carroll ante la nota de la reina que le exija que “no dejara de
mandarle su próxima obra”- . ¿Sabes como se llama a eso en mi
país?…-silencio breve, como esperando una respuesta obvia-
discriminación-aclamó solemne-.
-Pues es algo muy practico,
pues me interesan poco las mates y mucho más la maravillosa vida de
esta chiquilla-adujo con la inocencia de la experiencia de 9 años
sobre sus cabellos lumínicos al resplandor que se filtraba por la
ventana, reflejando alegóricamente su fantasioso corazón enérgico
y vitalicio, ajena a las barbaries acontecidas por la discriminación
de algunos locos poderosos, de Hitlers y eugenesias horripilantes-.
-¿Sabes, pues, como se
llamaría en nuestro mundo, según tu espectro de visión, compartido
por Goethe, y por el cual yo disiento, tu concepción de las
matemáticas?...mmm…-esta vez no esperaba replica y murmuraba entre
las oscuras grutas de sus macabros lóbulos, como si buscara una
respuesta de una gran complejidad en una base de datos tan
inconmensurable que el negligente calculo humano jamás alcanzaría
el termino exacto- ¡inútil!- y acto seguido comenzó con grotescas
carcajadas, brotando de su caverna primitiva, sobre sus 14 y no 16
estalagmitas (carente de las del juicio), rocas, cual
desprendimientos peligrosos: garbanzos-.
-¿Te vas a ir?- pregunto
otra voz desde otro rincón sin observar la “desgarradora”
imagen-.
-Claro, hoy tengo una cita
con las ninfas que revolotean en los jardines coloridos y orlados por
ríos áureos y efluvios embriagadores, donde en suaves libadas
prueban el jugo de los apasionados volcanes para apaciguarlos en sus
fríos labios, y toman de los cristalinos lagos de las álgidas
montañas sus aguas gélidas en sus ya abrasados arcos ambivalentes
para sofocarlos y retornar a...mmm... mucho me temo que me han dejado
hablando como un lunático, solo, terriblemente solo- pensó en
ultima instancia, tras oír un portazo de la irascible “Alicia”-.
-¿Porque has parado,
becqueriano?-pregunto su madre, embelesada por las cadencias del
significante, pero ajena al significado-Bueno, de todos modos,
¿podrías estar aquí a las cinco?
-Poder podría incluso
devorar el mundo,
elevarme a su cima
y posar mi trasero
en el autócrata trono
que me alce a la gloria
- respondió un egocéntrico
ante una mera pregunta
cordial, cortes y ambigua,
que un mero favor pedía-.
-En ese caso te lo exijo
como déspota, y no te lo pido como favor; que sea tu arrogancia
condena kantiana: te concedí la libertad y fuiste tú quien la
rechazaste-exclamó harta de tanta perífrasis poética que no hacía
más que marearla, ofendida por no ser correspondida, ya que mientras
ella hacia todo el trabajo, él parecía no hacer nada más que
divagar en sus presuntas inútiles fantasías-.
Tras la conversación, ambos
marcharon en su libre albedrío. A ella la llamaba la obligación; a
él, la prometida Jauja. Así pues, torció hacia el lupanar cercano
y, tras la erupción del ardiente volcán, reposo y poso sus
posaderas en la posada, en la cual, mientras sorbía sórdidamente
una cerveza, escuchaba una conversación ajena, la primera cosa que
le parecía que justificaba sus estudios en fisicomatemática, ya que
le permitieron entender aquellas complejas abstracciones que exponía
cual conferenciante –catedrático, como sabría después- a una
muchacha que sin lugar a dudas no comprendía nada, por lo que le
sugirió a la oreja palabras de otra índole, lo cual es fácilmente
deducible teniendo en cuenta su ubicación, a lo que él alego que
pagaba para obtener compañía y no para hacer deporte, ya que su
misantrópico carácter instado por sus indagaciones científicas
secretas no le permitían obtener el grato acto de comunicarse con
sus semejantes y desahogarse con gente que comprendiera la relevancia
de sus pesquisas. Ella insistió en gestos procaces y voz lasciva-
cual ninfomanía desesperada, como si de otro modo no cobrara- y él,
símbolo intelectual, cayo de su pedestal magnánimo hasta su mundana
condición primitiva en lo sugerente de sus ofertas, y teniendo en
cuenta que pagaba igual y su profuso discurso era terminado, acepto.
Fed
le siguió sigilosamente y le sustrajo la gabardina mientras el
doctorado verificaba la segunda ley de la termodinámica -el
caos tiende al máximo- con
gran esmero y fervor. Se apresuro, ya que era una ley rápida de
comprobar, especialmente para entendidos de su talla, y tras conocer
quien era encontró el informe que detallaba los aspectos técnicos
del proyecto, sus limitaciones, y como las habían superado. Tras
ello, fotografió, guardó, huyó.
Se
trataba de un proyecto científico conjuntado y financiado por la
alocada y archiconocida DARPA, lo cual no era de extrañar, ya que la
invisibilidad es un inestimable aliado de camuflaje en cualquier
guerra... “y perversión”, añadía Fed antes incluso siquiera de
lograr imaginar y delimitar todo el potencial que tenia aquel
proyecto. Contacto, pues, con lo que le gustaba llamar para sus
adentros su equipo
privado de I+D universitario, y
les “propuso” la elaboración de los planos de manera
suficientemente sutil como para que fueran ajenos a las motivaciones
y funcionalidades del mismo, que se llevaría a cabo con el mayor de
los silencios, obteniendo así todo lo necesario.
Y
mientras Fed acometía en privado su sublime labor, no podía evitar
recrearse en fantasiosas ideas con las cuales muchas veces ya había
soñado; desde vivir del robo, hasta gozar de la somnofilia, pasando
por... por todo, quería probar todo, todo lo que su imaginación
fuese capaz de concebir. Se sentía como en Dr.
Jekyll y Mr. Hide,
como si hubiese encontrado la manera perfecta de acontecer impune de
las más grandes atrocidades, de sus deseos ilícitos, de liberar en
algarabía mítica el ello
freudiano
sin represalias del superyo,
ya que el castigo jamás se manifestaría.
Siempre
había sido un rebelde inconformista que quería saltar por encima de
las convenciones sociales, un cínico seguidor de Diógenes pero
apasionado por la lujuria del lujo y su consecuente placer, que
hacían ceder a Aristipo ante la autoridad, humillandose; pero ahora
tenia el poder para hacerlo y combinar lo mejor de ambos mundos:
podría convertirse en el mayor tirano que entre las sombras, con su
guadaña mortífera, diera en el blanco. “Mientras duermen los
dulces ángeles bañados por la plácida luz de la luna, les anegara
con fluido igualmente blanquecino y puro, tras la cortina del
anonimato, un ser perverso” se decía así mismo y así mismo se
dispuso a hacerlo:
La belleza de la presa
elegida era excelsa de manera tal, que ni siquiera se vislumbraría
en la entereza de empírea utopía de perfectas mujeres en la
imaginación del más soñador filogino (o mujeriego). La conocía de
vista en la universidad, y era famosa por aquella explosión de
elementos que poseía, poesía personificada: era de una gran agudeza
e inteligencia, así como de una castidad incomprensible en estos
días; era ágil, lucida y sus pupilas brillaban con fulgente
esperanza cada nuevo día; era vital, y emanaba por cada uno de sus
delicados poros energía omnipotente, aromas amorosos, dardos de
pasión; era políglota, pero de manera nativa bilingüe: razón y
sentimiento en perfecto equilibrio eran sus idiomas habituales. Lo
cierto es que, por más que se -y lo- procure, vano es intentar
encerrar en inertes cristales eternos, en palabras muertas como
estas, las imágenes fugaces (con hormonas alborotadas) de
intangibles esencias materializadas todavía de manera más perfectas
que aún se pregunta la divina providencia cual fue la formula usada,
que, ignota, irrepetible resta.
Era
verano, la ventana estaba abierta, y solo un camisón cubría su
perfumada naturaleza; Fed enloqueció ante la estampa y extendió
excitado una mano temblorosa hacia ella. El simple roce de los dedos
ásperos de la sombra sobre sus tersas piernas hizo palpitar el
corazón delator de Fed cual aleteo vehemente de colibrí y, pese a
ello, disminuir el flujo de sangre que trascurría a través de su
yugular, con sus evidentes implicaciones (acumulándose la sangre en
cavidades inferiores). Desplazo entonces el casi transparente camisón
hasta la rodilla, a efectos de la penetrante luz fantasmagórica de
Selene y de su euforia: lo que vislumbraba era inefable. Síntesis de
todas las musas, de todas las maravillas arquitectónicas, de la
humanidad, de la divinidad, de...de todo…
Su
respiración era y se mantenía apacible en contraste con la
irregular y conturbada del muchacho, pero aún así persevero y
prosiguió antes de calmarse, desplazando pausadamente el camisón
hasta que su patosa maniobra no fue suficiente suave, ansioso como
estaba, y ella gimió, y él se asusto y retrocedió y ella abrió la
palma de la mano dejando caer el libro electrónico que condensaba
bibliotecas enteras de conocimiento, ya que en su estrecha habitación
no cabían. Fed no lo alcanzo al vuelo y cerro los ojos con pavor,
como esperando la pertinente resolución; pero no oyó nada... La
aguda muchacha, consciente del peligro de dormir con un libro tan
caro y frágil, tenia una especie de almohada en el suelo que
amortiguo el golpe, aunque de todos modos, se recordó, él era
invisible, pese a que la tensión se lo impidiera tener presente. Lo
recogió. Se trataba de Kant. Medito y reflexiono al respecto.
Finalmente decidió que aquella pureza no podía ser quebrantada con
acto tan grotesco, y marcho.
Tenía
las ansias de actuar por encima de la Ley, el deseo de usar su poder
sobreponiendose a la Ética, y pese a ello, permaneció encerrado una
integra semana en debates
morales
personales, recordando cuanto había creído en su infancia en el
imperativo categórico y en la inquebrantable entereza de la belleza,
en los derechos y obligaciones, en un idílico mundo
que, deseado por todos, jamás seria alcanzado por culpa de nuestros
propios actos (exigiendo solo a los ajenos el buen comportamiento),
de lo cual éramos conscientes: ¡Que trágico y cínico sarcasmo!
Sí...Aquellos
días bajo el manto protector de la sombra trastornaron por completo
su concepción de la realidad. Poseía potencialmente todo lo que
quería, o al menos su impulso de mero apetito así lo percibía,
esclavo de sus instintos animales. Pero...esto no parecía
satisfacerlo. Sentía insuficiente esa bocanada de aire fresco; no
parecía aliviarle su asfixia, su grito ahogado. Era...¿demasiado
fácil? Sí..., todo caía ante un campo árido de trivialidad y
sin-valor, de “estar de más”, de gratuito...
Y
uno tras otro, pensamientos como aquellos fueron acumulándose en su
mollera, produciéndole una creciente nausea y extraña angustia que
propicio la precipitación al averno desde el precipicio del
principio de la locura hasta su final apoteósico. Proceso a través
del cual había acumulado una ira irrefrenable contra una humanidad
autodestructiva que, ironías, reclamaba clemencia, exigía la
salvación del alma que maltrataba; lloraba por ella, pero no evitaba
su castigo.
Pensó
entonces en unirse a esa espiral de entropía, de demencia: alzo
vehemente el cuchillo y pretendió clavárselo en la fuente
inexorable de vida...mas no pudo, débil de coraje, y amante de la
existencia. Acontecieron entonces diluvios, presagios de tormentos
rabiosos.»
¿Qué
se siente al matar a un ser humano?, ¿Difiere en algo a la
supervivencia del mundo animal?, ¿Nos creemos más de lo que somos?,
¿Son legítimos nuestros derechos, deseos o obligaciones?, ¿Qué es
producto de la pasión y que de la razón?, ¿vigilia o sueño?,
¿coraje o cobardía?, ¿vital o mortífero?, ¿verdad...?
Necesito
relamerme en el crimen para verificar si tal es su estrago;
experimentar, en vez de teorizar. Verter sobre mi palma al reflejo de
mi pupila la esencia humana que de tantos privilegios priva. Saborear
su amargura, oler su dolor, sentir su aflicción, ver su locura,
palpar su inalcanzable ira, oír su lira satírica de desvergüenza.
Necesito morder su degenerado cerebro, su letal vileza.
No
temas, es por un bien mayor; cierra los ojos, seas quien seas,
respira hondo y relaja tus tensos músculos: tal vez así no te
dolerá... tanto.
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