Un día de tele-oficina
“Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.” Cortazar Historias de cronopios y de famas (1962), Manual de instrucciones“Todo lo que escribo es tan banal, tan superficial... ¿Es que nadie se da cuenta?, ¡todo es falso! Violada a los 11 años, violada a los 12... ¡¿Qué coño sé yo de la violación?! Nunca me han violado, no soy más que otra sórdida explotadora. Si me hubieran violado siendo niña conocería la autenticidad, pero... No sirvo para nada, no sirvo para nada, nada. Cero. Cero.” Todd Solondz Happiness 1998
Creo que... No, lo sé: hecho de menos la calle. Tan cerca mía, y a la vez tan lejos. Qué curioso, echar de menos algo a la palma de la mano. Añorar aquello que no se quiere lo suficiente como para hacer el mínimo esfuerzo de ducharse, vestirse, abrir unas puertas, bajar unas escaleras y caminar unos pasos; una odisea, sin duda, cuando asola la depresión o no se tiene el cuerpo para el que esta sociedad ha sido construida, pero una trivialidad para mí en este preciso instante. En fin, por lo menos aún no he llegado a la senectud de quienes rememoran con más dulzura que acidez la penuria de la posguerra, o la demencia de quienes desearían haber sufrido el infierno en la tierra por conferir a sus existencias de un mayor valor moral. Todo a su debido tiempo, supongo y me lamento.
Durante mis años de universidad, mi madre siempre me decía que estaba echando a perder mi inclinación estética, que debía haber estudiado artes en vez de números, que incluso cuando hablaba de matemáticas no podía remediar hablar de sus aspectos más visuales y coloridos. Escribí mi tesina sobre patrones geométricos en moda contemporánea. Quizá eso es lo que más me atrae de la calle, de las grandes vías de las más cosmopolitas ciudades: el bullicio plural de cuerpos y ropajes. No me extraña que la vejez guste de sentarse en sus bancos a observarlo. Ni Koyaanisqatsi ni Baraka son nada comparadas con esa palpable vibración vital; eso nutre a cualquiera.
La condena del libre albedrío, a veces lo llaman. ¿Si todas tus obligaciones se esfumaran de la noche a la mañana, qué harías? ¿Abandonarías aquello que te hace gozar? ¿Nos haríamos Tántalo? ¿Seríamos la Ciudad de Inmortales de Borges? ¿Nos suicidaríamos? Tan cerca mía, y a la vez tan lejos, Calle. ¿Soy hikikomori? ¿Soy el ensimismamiento de Henry Darger volcado en su descomunal In the Realms of the Unreal, sin especial interés por el mundo fuera de su habitación, de su mente de fantasía? ¿Soy? ¿Si estoy mal de la cabeza, dejo de ser?
En la decadencia sólo creciente de mi cuarto aún persiste un atisbo de aquella sacra Calle. Aunque desde la implantación del teletrabajo cada vez más personas estaban en las videollamadas sin cámara o en un invariante pijama o con las ropas más insípidas y monótonas, Tessie H. de Shirley Jackson & Co siempre nos conmocionaba, siempre me conmocionaba, con los más fabulosos vestidos de ensueño. “Es una grandísima profesional, pero odia las presentaciones de diapositivas, por lo que en todas sus videoconferencias aparece de cuerpo completo frente a una pizarra que usa profusamente, como si nunca se hubiera desprendido de sus raíces como profesora. Si no fuera una pieza clave de la empresa, la directiva no toleraría esta excentricidad, pero claro...”, me comentaron la primera vez. Por supuesto, no faltaban los rumores de que todo aquel paripé no era más que una excusa para publicitar y cribar los modelitos de su empresa familiar, pero en cualquier caso, bien por ella: no había momento que aguardase con mayor calidez, con un fervor casi religioso, que verla, que ver encarnado el espectáculo de sus tejidos; ¿soy Tomoyo Daidōji?
En todo ello pensaba mientras esperaba que fuera entrando la gente al enlace, mientras echaba alguna ojeada despistada a la calle, a una calle humilde y poco transitada, a través de mi ventana, como cualquier otro día de tele-oficina.
Pero aquel no fue un día cualquiera.
A los 15 minutos de ponencia, una mosca empezó a zumbar entorno a Tessie. Esto, en sí mismo, no tenía nada de extraordinario. En mi habitación, por ejemplo, pululaban un puñado de moscas que de vez en cuando captaba mi cámara, las cuales gustaban de aterrizar en mi mano como si esta se tratase de un aeropuerto. Cierto, esto era natural en mi caso, pero incluso personas más pulcras que yo eran incordiadas de tanto en tanto por alguna de ellas en sus respectivas casas. Aun así, al menos para mí, me resultó chocante ver revolotear a la mosca frente al rostro reluciente de Tessie, como saludando, antes de posarse sobre la peculiarísima curvatura de su impoluta falda.
Unos 10 minutos después, una tercera, un poco más molesta, hizo interrumpir momentáneamente sus palabras para disculparse mientras removía el aire con la mano. No tardaron en llegar ni 5 minutos, ya juntas, la sexta y la séptima, momento en el cual comenzó a aflorar cierta incomodidad entre el público. Tessie excusó entonces aquello a una mudanza, a lo que yo no encontré ningún sentido, pero que pareció calmar los ánimos de quienes solo buscaban una explicación, no una explicación lógica, a que hubieran tantas moscas en un lugar tan inmaculado, incapaces de rellenar ese hueco con su imaginación. Los calmó, al menos, hasta la llegada de la treceava en un grupo de tres.
En aquel momento sentí peligrar mi única razón de ser, y decidí rebajar la tensión creciente con una explicación aún más absurda: “¿en la mudanza incluiste La señora de las moscas de Manuel Martín, Tessie?”. “No, El canto de las moscas de María Mercedes Carranza”, respondió, redoblando las primeras risas. Pero ni ello pudo con el peso de la treintava mosca, cuando al colocarse sobre su falda junto a sus hermanas dejó entrever un dibujo macabro, cuando un par de personas decidieron horrorizadas desconectarse.
“Son solo moscas, maldita sea, no hacen daño a nadie. Por favor, terminemos esto de una vez, solo me faltan 2 minutos, luego llamo al fumigador”, fue diciendo mientras seguían llegando más. “Cierra la ventana”, dijo una voz. “Esta cerrada”, contestó Tessie. “Entonces ábrela, espántalas, y danos ya de una vez la cifra final, por Dios”. Y al hacerlo, todas las moscas salieron volando por la ventana en masa... para volver en un incesante flujo que fue cubriendo a Te... por entera, y elevándola sobre el suelo, y acumulándose más y más a su alrededor, haciendo que pareciera que le crecieran toda clase de protuberancias, las cuales terminaron, accidentalmente o no, desconectando la llamada.
Un escalofrío me recorrió la espalda mientras, no sé porqué, se me ocurrió que Tessie era el esca de un rape abisal, que las moscas eran el cuerpo de un rape abisal, que toda la casa, que toda su manzana era un rape abisal, y que ella era su esca, ese esca que aun recuerdo con más dulzura que acidez.
PS. Parcialmente sugerido por https://www.youtube.com/watch?v=V0lDtJIlUnc
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El pudor es un estigma social: descuartizame, y mis manos resquebrajadas te aplaudirn.